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La Regenta

aestoraque y acaso a espliego.... Ana sentía una somnolencia dulce peroalgo alarmante; se estaba
allí bien, pero se temía vagamente la asfixia.
Doña Petronila tardaba. Una criada, de hábito negro también, entró conuna lámpara antigua de
bronce, que dejó sobre un velador después dedecir con voz de monja acatarrada: «¡Buenas
noches!» sin levantar losojos de la alfombra de fieltro, a cuadros verdes y grises.
Volvieron a quedar solos Ana y su confesor.
Interrumpiendo un silencio de algunos minutos dijo el Magistral con unavoz que se parecía a
la del gato blanco:
—No puede usted imaginar, amiguita mía, cuánto le agradezco estaresolución....
—Hubiera usted hablado antes...—Bastante he hablado, picarilla...—Pero no como hoy, nunca
me dijo usted que era un desaire que yo lehacía y que ya sabían estas señoras el negarme a
venir.... ¡Llovíatanto!... Ya sabe usted que a mí la humedad me mata, la calle mojada
mehorroriza.... Yo estoy enferma... sí, señor, a pesar de estos colores yde esta carne, como dice
don Robustiano, estoy enferma; a veces se mefigura que soy por dentro un montón de arena que
se desmorona.... No sécómo explicarlo... siento grietas en la vida... me divido dentro demí... me
achico, me anulo.... Si usted me viera por dentro me tendríalástima.... Pero, a pesar de todo eso,
si usted me hubiese hablado comohoy antes, hubiese venido aunque fuera a nado. Sí, don
Fermín, yo serécualquier cosa, pero no desagradecida. Yo sé lo que debo a usted, y quenunca
podré pagárselo. Una voz, una voz en el desierto solitario en queyo vivía, no puede usted
figurarse lo que valía para mí... y la voz deusted vino tan a tiempo.... Yo no he tenido madre, viví
como ustedsabe... no sé ser buena; tiene usted razón, no quiero la virtud sino espura poesía, y la
poesía de la virtud parece prosa al que no esvirtuoso... ya lo sé... Por eso quiero que usted me
guíe.... Vendré aesta casa, imitaré a estas señoras, me ocuparé con la tarea que ellas
meimpongan.... Haré todo lo que usted manda; no ya por sumisión, poregoísmo, porque está
visto que no sé disponer de mí; prefiero que memande usted.... Yo quiero volver a ser una niña,
empezar mi educación,ser algo de una vez, seguir siempre un impulso, no ir y venir
comoahora.... Y además necesito curarme; a veces temo volverme loca.... Ya selo he dicho a
usted; hay noches que, desvelada en la cama, procuroalejar las ideas tristes pensando en Dios, en
su presencia. «Si Él estáaquí, ¿qué importa todo?». Esto me digo, pero no vale, porque, ya se
lohe dicho, me saltan de repente en la cabeza, ideas antiguas, comodolores de llagas
manoseadas, ideas de rebelión, argumentos impíos,preocupaciones necias, tercas, que no sé
cuándo aprendí, que vagamenterecuerdo haber oído en mi casa, cuando vivía mi padre. Y a
veces se meantoja preguntarme, ¿si será Dios esta idea mía y nada más, este pesodoloroso que
me parece sentir en el cerebro cada vez que me esfuerzo porprobarme a mí misma la presencia
de Dios?...
—¡Anita, Anita... calle usted... calle usted, que se exalta! Sí, sí,hay peligro, ya lo veo, gran
peligro... pero nos salvaremos, estoyseguro de ello; usted es buena, el Señor está con usted... y
yo daría mivida por sacarla de esas aprensiones.... Todo ello es enfermedad, esflato, nervios...
¿qué sé yo? Pero es material, no tiene nada que vercon el alma... pero el contacto es un peligro,
sí, Anita; no ya por mí,por usted es necesario entrar en la vida devota práctica.... ¡Las obras,las
obras, amiga mía! Esto es serio, necesitamos remedios enérgicos. Sia usted le repugnan a veces
ciertas palabras, ciertas acciones de estasbuenas señoras, no se deje llevar por la imaginación, no
las condeneligeramente; perdone las flaquezas ajenas y piense bien, y no se cuidede
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