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La Regenta

lo peor no era que los versosfueran malos, insignificantes, vulgares, vacíos... ¿y los
sentimientosque los habían inspirado? ¿Aquella piedad lírica? ¿Había valido algo? Nomucho
cuando ahora, a pesar de los esfuerzos que hacía por volver asentir una reacción de
religiosidad.... ¿Si en el fondo no sería ellamás que una literata vergonzante, a pesar de no
escribir ya versos niprosa? ¡Sí, sí, le había quedado el espíritu falso, torcido de lapoetisa, que por
algo el buen sentido vulgar desprecia!».
Como otras veces, Ana fue tan lejos en este vejamen de sí misma, que laexageración la obligó
a retroceder y no paró hasta echar la culpa detodos sus males a Vetusta, a sus tías, a D. Víctor, a
Frígilis, yconcluyó por tenerse aquella lástima tierna y profunda que la hacía tanindulgente a
ratos para con los propios defectos y culpas.
Se asomó al balcón. Por la plaza pasaba todo el vecindario de laEncimada camino del
cementerio, que estaba hacia el Oeste, más allá delEspolón sobre un cerro. Llevaban los
vetustenses los trajes decristianar; criadas, nodrizas, soldados y enjambres de chiquillos eranla
mayoría de los transeúntes; hablaban a gritos, gesticulaban alegres;de fijo no pensaban en los
muertos. Niños y mujeres del pueblo pasabantambién, cargados de coronas fúnebres baratas, de
cirios flacos y otrosadornos de sepultura. De vez en cuando un lacayo de librea, un mozo
decordel atravesaban la plaza abrumados por el peso de colosal corona desiemprevivas, de
blandones como columnas, y catafalcos portátiles. Erael luto oficial de los ricos que sin ánimo o
tiempo para visitar a susmuertos les mandaban aquella especie de besa-la-mano. Las
personasdecentes no llegaban al cementerio; las señoritas emperifolladas notenían valor para
entrar allí y se quedaban en el Espolón paseando,luciendo los trapos y dejándose ver, como los
demás días del año.Tampoco se acordaban de los difuntos; pero lo disimulaban; los trajeseran
obscuros, las conversaciones menos estrepitosas que de costumbre,el gesto algo más
compuesto.... Se paseaba en el Espolón como se está enuna visita de duelo en los momentos en
que no está delante ningúnpariente cercano del difunto. Reinaba una especie de discreta
alegríacontenida. Si en algo se pensaba alusivo a la solemnidad del día era enla ventaja positiva
de no contarse entre los muertos. Al más filósofovetustense se le ocurría que no somos nada, que
muchos de susconciudadanos que se paseaban tan tranquilos, estarían el año que vienecon los
otros; cualquiera menos él.
Ana aquella tarde aborrecía más que otros días a los vetustenses;aquellas costumbres
tradicionales, respetadas sin conciencia de lo quese hacía, sin fe ni entusiasmo, repetidas con
mecánica igualdad como elrítmico volver de las frases o los gestos de un loco; aquella
tristezaambiente que no tenía grandeza, que no se refería a la suerte inciertade los muertos, sino
al aburrimiento seguro de los vivos, se le ponían ala Regenta sobre el corazón, y hasta creía
sentir la atmósfera cargadade hastío, de un hastío sin remedio, eterno. Si ella contara lo quesentía
a cualquier vetustense, la llamaría romántica; a su marido nohabía que mentarle semejantes
penas; en seguida se alborotaba y hablabade régimen, y de programa y de cambiar de vida. Todo
menos apiadarse delos nervios o lo que fuera.
Aquel programa famoso de distracciones y placeres formado entreQuintanar y Visitación,
había empezado a caer en desuso a los pocosdías, y apenas se cumplía ya ninguna de sus partes.
Al principio Ana sehabía dejado llevar a paseo, a todos los paseos, al teatro, a latertulia de
Vegallana, a las excursiones campestres; pero pronto sedeclaró cansada y opuso una resistencia
pasiva que no pudieron vencer D.Víctor y la del Banco.
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