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La Regenta

la mañana, lo supo doña Paula, y alcomer, en un incidente de la conversación, tuvo habilidad
para darle lanoticia a su hijo.
—No creo que esa señora haya ido ayer al teatro.
—Pues yo lo sé por quien la ha visto.
El Magistral se sintió herido, le dolió el amor propio al verse enridículo por culpa de su
amiga. Era el caso que en Vetusta los beatos ytodo el mundo devoto consideraban el teatro como
recreo prohibido entoda la Cuaresma y algunos otros días del año; entre ellos el de Todoslos
Santos. Muchas señoras abonadas habían dejado su palco desierto lanoche anterior, sin permitir
la entrada en él a nadie para señalar asímejor su protesta. La de Páez no había ido, doña Petronila
o sea El GranConstantino, que no iba nunca, pero tenía abonadas a cuatro sobrinas,tampoco les
había consentido asistir.
«Y Ana, que pasaba por hija predilecta de confesión del Magistral, pordevota en ejercicio, se
había presentado en el teatro en nocheprohibida, rompiendo por todo, haciendo alarde de no
respetar piadososescrúpulos, pues precisamente ella no frecuentaba semejante sitio....
Yprecisamente aquella noche...».
El Magistral había salido de su casa disgustado. «A él no le importabaque fuese o no al teatro
por ahora, tiempo llegaría en que sería otracosa; pero la gente murmuraría; don Custodio, el
Arcediano, todos susenemigos se burlarían, hablarían de la escasa fuerza que el Magistralejercía
sobre sus penitentes.... Temía el ridículo. La culpa la tenía élque tardaba demasiado en ir
apretando los tornillos de la devoción adoña Ana».
Llegó a la sacristía y encontró al Arcipreste, al ilustre Ripamilán,disputando como si se tratara
de un asalto de esgrima, con aspavientos ymanotadas al aire; su contendiente era el Arcediano, el
señor Mourelo,que con más calma y sonriendo, sostenía que la Regenta o no era devotade buena
ley, o no debía haber ido al teatro en noche de Todos losSantos.
Ripamilán gritaba:—Señor mío, los deberes sociales están por encima detodo....
El Deán se escandalizó.
—¡Oh! ¡oh!—dijo—eso no, señor Arcipreste... los deberes religiosos...los religiosos... eso
es....
Y tomó un polvo de rapé extraído con mal pulso de una caja de nácar. Asísolía él terminar los
períodos complicados.
—Los deberes sociales... son muy respetables en efecto—dijo elcanónigo pariente del
Ministro, a quien la proposición había parecidoregalista, y por consiguiente digna de aprobación
por parte de un primodel Notario mayor del reino.
—Los deberes sociales—replicó Glocester tranquilo, con almíbar en laspalabras, pausadas y
subrayadas—los deberes sociales, con permiso deusted, son respetabilísimos, pero quiere Dios,
consiente su infinitabondad que estén siempre en armonía con los deberes religiosos....
—¡Absurdo!—exclamó Ripamilán dando un salto.
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