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La Regenta

Ana estuvo todo el día inquieta, descontenta de sí misma; no searrepentía de haber puesto en
peligro su honor, dando alas (siquierafuesen de sutil gasa espiritual) a la audacia amorosa de don
Álvaro; nole pesaba de engañar al pobre don Víctor, porque le reservaba el cuerpo,su propiedad
legítima... pero ¡pensar que no se había acordado delMagistral ni una vez en toda la noche
anterior, a pesar de haber estadopensando y sintiendo tantas cosas sublimes!
«Y por contera, le engañaba, le decía que estaba enferma para excusar elverle... ¡le tenía
miedo!... y hasta el estilo dulce, casi cariñoso dela carta era traidor... ¡aquello no era digno de
ella! Para don Víctorhabía que guardar el cuerpo, pero al Magistral ¿no había que reservarleel
alma?».
—XVII—
Al obscurecer de aquel mismo día, que era el de Difuntos, Petra anuncióa la Regenta, que
paseaba en el Parque, entre los eucaliptus deFrígilis, la visita del Sr. Magistral.
—Enciende la lámpara del gabinete y antes hazle pasar a lahuerta...—dijo Ana sorprendida y
algo asustada.
El Magistral pasó por el patio al
Parque. Ana le esperaba sentada dentro del cenador. «Estaba hermosa latarde, parecía de
septiembre; no duraría mucho el buen tiempo, luego secaería el cielo hecho agua sobre
Vetusta...».
Todo esto se dijo al principio. Ana se turbó cuando el Magistral seatrevió a preguntarle por la
jaqueca.
«¡Se había olvidado de su mentira!». Explicó lo mejor que pudo supresencia en el Parque a
pesar de la jaqueca.
El Magistral confirmó su sospecha. Le había engañado su dulce amiga.
Estaba el clérigo pálido, le temblaba un poco la voz, y se movía sincesar en la mecedora en
que se le había invitado a sentarse.
Seguían hablando de cosas indiferentes y Ana esperaba con temor que donFermín abordase el
motivo de su extraordinaria visita.
El caso era que el motivo... no podía explicarse. Había sido un arranquede mal humor; una
salida de tono que ya casi sentía, y cuya causa deningún modo podía él explicar a aquella señora.
El Chato, el clérigo que servía de esbirro a doña Paula, tenía el viciode ir al teatro disfrazado.
Había cogido esta afición en sus tiempos deespionaje en el seminario; entonces el Rector le
mandaba al paraísopara delatar a los seminaristas que allí viera; ahora el Chato iba porcuenta
propia. Había estado en el teatro la noche anterior y había vistoa la Regenta. Al día siguiente, por
 
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