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La Regenta

La carta del Magistral, escrita en papel levemente perfumado, y con unacruz morada sobre la
fecha, decía así:
«Señora y amiga mía: Esta tarde me tendrá usted en la capilla de cinco a
cinco y media. No necesitará usted esperar, porque será hoy la única
persona que confiese. Ya sabe que no me tocaba hoy sentarme, pero me ha
parecido preferible avisar a usted para esta tarde por razones que le
explicará su atento amigo y servidor,
FERMÍN DE PAS».
No decía capellán. «¡Cosa extraña! Ana se había olvidado del Magistraldesde la tarde anterior;
¡ni una vez sola, desde la aparición de donÁlvaro a caballo había pasado por su cerebro la
imagen grave y airosadel respetado, estimado y admirado padre espiritual! Y ahora sepresentaba
de repente dándole un susto, como sorprendiéndola en pecadode infidelidad. Por la primera vez
sintió Ana la vergüenza de suimprudente conducta. Lo que no había despertado en ella la
presencia dedon Víctor, lo despertaba la imagen de don Fermín.... Ahora se creíainfiel de
pensamiento, pero ¡cosa más rara! infiel a un hombre a quienno debía fidelidad ni podía
debérsela».
«Es verdad, pensaba; habíamos quedado en que mañana temprano iría aconfesar... ¡y se me
había olvidado! y ahora él adelanta la confesión....Quiere que vaya esta tarde. ¡Imposible! No
estoy preparada.... Con estasideas... con esta revolución del alma.... ¡Imposible!».
Se vistió deprisa, cogió papel que tenía el mismo olor que el delMagistral, pero más fuerte, y
escribió a don Fermín una carta muy dulcecon mano trémula, turbada, como si cometiera una
felonía. Le engañaba;le decía que se sentía mal, que había tenido la jaqueca y le suplicabaque la
dispensase; que ella le avisaría....
Entregó a Petra el papel embustero y la dio orden de llevarlo a sudestino inmediatamente, y
sin que el señor se enterase.
Don Víctor ya había manifestado varias veces su no conformidad, como éldecía, con aquella
frecuencia del sacramento de la confesión; como temíaque se le tuviese por poco enérgico, y era
muy poco enérgico en su casaen efecto, alborotaba mucho cuando se enfadaba.
Para evitar el ruido, molesto aunque sin consecuencias, Ana procurabaque su esposo no se
enterase de aquellas frecuentes escapatorias a lacatedral.
«¡No podía presumir el buen señor que por su bien eran!».
Petra había sido tomada por confidente y cómplice de estos inocentestapadillos. Pero la
criada, fingiendo creer los motivos que alegaba suama para ocultar la devoción, sospechaba
horrores.
Iba camino de la casa del Magistral con la misiva y pensaba:
«Lo que yo me temía, a pares; los tiene a pares; uno diablo y otrosanto. ¡Así en la tierra como
en el cielo!».
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