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La Regenta

Ana salió en seguida.—¡Gracias a Dios!—dijo su marido, respirando confuerza—. Creí que
no se marchaba hoy esa muchacha.
Ni siquiera recordaba que otras veces quien se marchaba era él.
—Ahora podremos hablar.—Usted dirá—respondió tranquilamente Álvaro,chupando su
habano y tapándose la cara con el humo, según su costumbrede enturbiar el aire cuando le
convenía.
«¿Qué tripa se le habrá roto a este?», pensó con un vago recelo, que nose explicaba siquiera.
Don Víctor acercó su silla a la del otro, y tomó el tono de las grandesrevelaciones.
—Actualmente—dijo—todo me sonríe. Soy feliz en mi hogar, no entro nisalgo en la vida
pública; ya no temo la invasión absorbente de laiglesia, cuya influencia deletérea... pero esa
Petra me parece que mequiere dar un disgusto.
Movimiento de sobresalto en Mesía.
—Explíquese usted. ¿Ha vuelto usted a las andadas?
—He vuelto y no he vuelto.... Quiero decir... ha habido escarceos...explicaciones... treguas...
promesas de respetar... lo que esagrandísima tunanta no quiere que le respeten... en suma: ella
estápicada porque yo prefiero la tranquilidad de mi hogar, la pureza de milecho, de mi tálamo...
como si dijéramos, a la satisfacción de efímerosplaceres.... ¿Me entiende usted? Finge que se
alborota por defender suhonor que, en resumidas cuentas, aquí nadie se atreve a
amenazarseriamente, y lo que en rigor la irrita, es mi frialdad....
—¿Pero qué hace? vamos a ver....
—Mire usted, Álvaro, por nada de este mundo daría yo un disgusto a miAnita, que es ahora
modelo de esposas; siempre fue buena, pero antestenía sus caprichos, ya recuerda usted....
—Sí, sí... al grano.—Ahora la pobrecita coincide con mis gustos entodo. Por aquí, digo, y por
aquí se va. Hasta le ha pasado aquellaexaltación un poco selvática, aquel amor excesivo a los
placeresbucólicos, aquella exclusiva preocupación de la salud al aire libre, delejercicio, de la
higiene en suma.... Todos los extremos son malos, yBenítez me tenía dicho que la verdadera
curación de Ana vendría cuandose la viese menos atenta a la salud de su cuerpo, sin volver, ni
porpienso, al cuidado excesivo y loco de su alma. ¡Aquello era lo peor!
—Pero... no me dice usted...—Allá voy; Ana vive ahora en unequilibrio que es garantía de la
salud por la que tanto tiempo hemossuspirado; ya no hay nervios, quiero decir, ya no nos da
aquellossustos; no tiene jamás veleidades de santa, ni me llena la casa desotanas... en fin, es otra,
y la paz que ahora disfruto no quieroperderla a ningún precio. Ahora bien.... Petra... puede y creo
que quierecomprometernos.
—Pero vamos a ver, ¿qué hace Petra?
—Comprometer la paz de esta casa; temo que quiere dominarnosprevaliéndose de mi
situación falsa, falsísima... lo confieso. ¿Nocomprende usted que para Ana tendría que ser un
golpe terrible cualquierrevelación de esa... ramerilla hipócrita?
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