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La Regenta

—Este idiota me está avergonzando, sin saberlo.... Ya que él lo quiere,que sea.... Esta noche
se acaba esto.... Y si puedo, aquí mismo....
Poco después, los dos amigos, cansado hasta el mismo don Víctor deconfesiones, volvieron a
la mesa, donde reinaba la dulce fraternidad delas buenas digestiones después de las cenas
grandiosas. No estaba allíAnita.
Salió Álvaro sin ser visto, por lo menos sin que nadie pensara en sisalía o no, y entró de nuevo
en el caserón. En la cocina seguía laalgazara. Lo demás todo era silencio. Volvió al salón. No
había nadie.«No podía ser». Entró en el gabinete de la Marquesa.... Tampoco vio entrelas
sombras ningún cuerpo humano. Todo era sillas y butacas. Sobre ellasningún bulto de mujer.
«No podía ser». Con aquella fe en suscorazonadas, que era toda su religión, Álvaro buscó más en
lo obscuro...llegó al balcón entornado; lo abrió...
—¡Ana!—¡Jesús!
—XXIX—
«El día de Navidad venga usted a comer el pavo con nosotros. Me lo hanmandado de León
lleno de nueces. Será cosa exquisita. Además, tengo vinode mi tierra, un Valdiñón que se
masca...».
Mesía no faltó a su promesa, y el día de Navidad comió en el caserón delos Ozores. El salón
estaba ahora empapelado de azul y oro a cuadros; lagran chimenea churrigueresca se había
conservado con sus ondulantessirenas de abultado seno de yeso. Don Víctor se contentó con
pintar deun blanco gris discreto, como él decía, todas aquellas cornisas,volutas, acantos, escocias
y hojarasca.
A los postres, el amo de la casa se quedó pensativo. Seguía con lamirada disimuladamente las
idas y venidas de Petra, que servía a lamesa. Después del café pudo notar don Álvaro que su
amigo estabaimpaciente. Desde aquel verano, desde que habían vivido juntos en lafonda de La
Costa, don Víctor se había acostumbrado a la comensalía dedon Álvaro; le encontraba a la mesa
más decidor y simpático que enninguna otra parte y le convidaba a comer a menudo. Pero otras
veces,después de charlar cuanto quería, Quintanar solía levantarse, dar unavuelta por el Parque,
vestirse, siempre cantando, y dejar así media horalarga solos a Anita y a su amigo. Y ahora no,
no se movía. Ana y Álvarose miraban, preguntándose con los ojos qué novedad sería aquella.
La Regenta se inclinó un instante para recoger una servilleta del suelo,y don Víctor hizo a
Mesía una seña que quería decir claramente:
—Me estorba esa; si se fuera... hablaríamos.
Mesía encogió los hombros.
Cuando Ana levantó la cabeza sonriendo a don Álvaro, este, sin verloQuintanar, apuntó a la
puerta sin mover más que los ojos.
 
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