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La Regenta

Aquella noche se prolongó la fiesta en Vetusta; era la despedida delbuen tiempo; el invierno
iba a volver, el diluvio estaba a la puerta....Y se improvisó una cena para todos aquellos señores.
Muchos a las doce,después de bailar y cantar y alborotar, ya tenían apetito; se habíacomido
temprano; otros no hicieron más que probar golosinas y beber.Como la noche se había quedado
tan serena y templada que parecía de lasprimeras de Septiembre, se cenó en la estufa nueva que
se inauguró eneste día; era grande, alta, confortable, construida por modelo de París.Don Álvaro,
inteligente en la materia, dijo que se parecía, en pequeño,a la de la princesa Matilde. ¡Cómo
envidió Obdulia aquel dato! Y sintióorgullo. ¡Un hombre que había sido su amante podía hablar
de la serrede la princesa Matilde!
Se cenó allí. En el salón amarillo, donde se había bailado después devolver a Vetusta,
mediante algunos tertulios de refresco, se apagabansolas las velas de esperma, en los
candelabros, corriéndose por culpadel viento que dejaba pasar un balcón abierto. Los criados no
habíanapagado más que la araña de cristal. Las sillas estaban en desorden;sobre la alfombra
yacían dos o tres libros, pedazos de papel, barro delVivero, hojas de flores, y una rota de
Begonia, como un pedazo debrocado viejo. Parecía el salón fatigado. Las figuras de los
cromosfinos y provocativos de la Marquesa reían con sus posturas de falsagracia violentas y
amaneradas. Todo era allí ausencia de honestidad; losmuebles sin orden, en posturas inusitadas,
parecían amotinados,amenazando contar a los sordos lo que sabían y callaban tantos añoshacía.
El sofá de ancho asiento amarillo, más prudente y con másexperiencia que todo, callaba,
conservando su puesto.
Una ráfaga de viento apagó la última luz que alumbraba el cuadrosolitario. El reloj de la
catedral dio las doce. Se abrió la puerta delsalón y pasaron dos bultos. Las pisadas las apagó en
seguida laalfombra. Por toda claridad la poca de la calle, producto de la lunanueva y de un farol
de enfrente, adulación del municipio nuevo a la casadel Marqués. Al abrirse la puerta se oyó a lo
lejos el ruido de laservidumbre en la cocina; carcajadas y el run, run de una guitarratañida con
timidez y cierto respeto a los amos; este rumor se mezclabacon otro más apagado, el que venía
de la huerta, atravesaba loscristales de la estufa y llegaba al salón como murmullo de un
barriopopuloso lejano.
Los dos bultos eran Mesía y Quintanar, que ebrio de confidenciasperseguía a su amigo íntimo
con el relato de las aventuras de sujuventud, allá en la Almunia de don Godino.
Don Álvaro se dejó caer en el sofá, soñoliento y soñador; no oía a donVíctor, oía la voz del
deseo ardiente, brutal, que gritaba: «¡hoy, hoy,ahora, aquí, aquí mismo!».
Y en tanto el ex-regente, a quien aquellas sombras del salón y aquelladiscreta luz del farol de
enfrente y del cuarto de luna parecían muy apropósito para confesar sus picardías eróticas,
continuaba el relato,para decir de cuando en cuando, a manera de estribillo:
—¡Pero qué fatalidad! ¿Cree usted que por fin la hice mía? ¡pues, noseñor! pásmese usted....
Lo de siempre, me faltó la constancia, ladecisión, el entusiasmo... y me quedé a media miel,
amigo mío. No sé quées esto; siempre sucede lo mismo... en el momento crítico me falta
elvalor... y estoy por decir que el deseo....
Una vez, al repetir esta canción don Víctor, a Mesía se le antojóatender; oyó lo de quedarse a
media miel, lo de faltarle el valor... ycon suprema resolución, casi con ira pensó:
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