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La Regenta

Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera deestaño, la taza y la copa
en que había tomado café y anís don Víctor,que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre
el platillo de lataza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante
amasijoimpregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta conpena, como si
fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellosobjetos que contemplaba le partía el
alma; se le figuraba que eransímbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un
cigarroabandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en elmarido incapaz
de fumar un puro entero y de querer por entero a unamujer. Ella era también como aquel cigarro,
una cosa que no habíaservido para uno y que ya no podía servir para otro.
Todas estas locuras las pensaba, sin querer, con mucha formalidad. Lascampanas comenzaron
a sonar con la terrible promesa de no callarse entoda la tarde ni en toda la noche. Ana se
estremeció. Aquellosmartillazos estaban destinados a ella; aquella maldad impune,irresponsable,
mecánica del bronce repercutiendo con tenacidadirritante, sin por qué ni para qué, sólo por la
razón universal demolestar, creíala descargada sobre su cabeza. No eran fúnebreslamentos, las
campanadas como decía Trifón Cármenes en aquellos versosdel Lábaro del día, que la doncella
acababa de poner sobre el regazode su ama; no eran fúnebres lamentos, no hablaban de los
muertos, sinode la tristeza de los vivos, del letargo de todo; ¡tan, tan, tan!¡cuántos! ¡cuántos! ¡y
los que faltaban! ¿qué contaban aquellos tañidos?tal vez las gotas de lluvia que iban a caer en
aquel otro invierno.
La Regenta quiso distraerse, olvidar el ruido inexorable, y miró ElLábaro. Venía con orla de
luto. El primer fondo, que, sin saber lo quehacía, comenzó a leer, hablaba de la brevedad de la
existencia y de losacendrados sentimientos católicos de la redacción. «¿Qué eran losplaceres de
este mundo? ¿Qué la gloria, la riqueza, el amor?». Enopinión del articulista, nada; palabras,
palabras, palabras, como habíadicho Shakespeare. Sólo la virtud era cosa sólida. En este mundo
nohabía que buscar la felicidad, la tierra no era el centro de las almasdecididamente. Por todo lo
cual lo más acertado era morirse; y así, elredactor, que había comenzado lamentando lo solos
que se quedaban losmuertos, concluía por envidiar su buena suerte. Ellos ya sabían lo quehabía
más allá, ya habían resuelto el gran problema de Hamlet: to beor not to be. ¿Qué era el más allá?
Misterio. De todos modos elarticulista deseaba a los difuntos el descanso y la gloria eterna.
Yfirmaba: «Trifón Cármenes». Todas aquellas necedades ensartadas enlugares comunes; aquella
retórica fiambre, sin pizca de sinceridad,aumentó la tristeza de la Regenta; esto era peor que las
campanas, másmecánico, más fatal; era la fatalidad de la estupidez; y también ¡quétriste era ver
ideas grandes, tal vez ciertas, y frases, en su originalsublimes, allí manoseadas, pisoteadas y por
milagros de la necedadconvertidas en materia liviana, en lodo de vulgaridad y manchadas porlas
inmundicias de los tontos!... «¡Aquello era también un símbolo delmundo; las cosas grandes, las
ideas puras y bellas, andaban confundidascon la prosa y la falsedad y la maldad, y no había
modo de separarlas!».Después Cármenes se presentaba en el cementerio y cantaba una elegía
detres columnas, en tercetos entreverados de silva. Ana veía los renglonesdesiguales como si
estuvieran en chino; sin saber por qué, no podíaleer; no entendía nada; aunque la inercia la
obligaba a pasar por allílos ojos, la atención retrocedía, y tres veces leyó los cinco
primerosversos, sin saber lo que querían decir.... Y de repente recordó que ellatambién había
escrito versos, y pensó que podían ser muy malos también.«¿Si habría sido ella una Trifona?
Probablemente; ¡y qué desconsoladorera tener que echar sobre sí misma el desdén que mereciera
todo! ¡Y conqué entusiasmo había escrito muchas de aquellas poesías religiosas,místicas, que
ahora le aparecían amaneradas, rapsodias serviles de FrayLuis de León y San Juan de la Cruz! Y
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