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La Regenta

—Justo, ese... pues el río Soto lleva truchas exquisitas, según me dijoel Marqués. ¿Quieres
que escriba a Frígilis, que nos mande dos cañas contodos sus accesorios?
—Sí, sí, ¡magnífico! Pescaremos.
Don Víctor, satisfecho, sujetó mejor el brazo de su mujer que colgabadel suyo, y la tomó la
mano como un tenor de ópera. Y cantó:
Lasciami,
lasciami
oh lasciami partir...
Calló y se detuvo. Un rayo de luna le alumbraba las narices. Miró a suesposa, que también
volvió el rostro hacia su marido.
—¿Te gustan los Hugonotes? ¿Te acuerdas? Qué mal los cantaba aqueltenor de Valladolid....
Pero oye... mira que idea... hermosa idea....Figúrate aquí, en medio del Vivero, ahí, junto al
estanque, figúrate aGayarre o a Masini cantando... en esta noche tranquila, en estesilencio... y
nosotros aquí, debajo de esta bóveda... oyendo...oyendo.... Las óperas deberían cantarse así...
¿Qué nos falta a nosotrosahora? Música nada más que música.... El panorama hermoso... la
brisa...el follaje... la luna... pues esto con acompañamiento de un buencuarteto... y ¡el paraíso!
Oh, los versos... los versos a veces no dicentanto como el pentagrama. Estoy por la canción, por
la poesía que seacompaña en efecto de la lira o de la forminge.... ¿Tú sabes lo que erala
forminge, phorminx?
Ana sonrió y le explicó el instrumento griego a su buen esposo.
—Chica, eres una erudita. Otra nubecilla pasó por la frente de Ana.
El reloj de la catedral, a media legua del Vivero, dio las diez,pausadas, vibrantes, llenando el
aire de melancolía.
—Pues es verdad que se oye—dijo Quintanar.
Y después de un silencio, comentario de la hora, añadió:
—¿Vamos a cenar?—¡A cenar!—gritó Ana. Y soltando el brazo de donVíctor corrió,
levantando un poco la falda de la matinée que vestía,hasta perderse en la obscuridad de la
bóveda. Quintanar la siguió dandovoces:
—Espera, espera... loca, que puedes tropezar.
Cuando salió a la claridad, con el cielo por techo, vio en lo alto de laescalinata de mármol, con
una mano apoyada en el cancel dorado de lapuerta de la casa, a su querida esposa que extendía el
brazo derechohacia la luna, con una flor entre los dedos.
—Eh, ¿qué tal, Quintanar? ¿Qué tal efecto de luna hago?...
—¡Magnífico! Magnífica estatua... original pensamiento... oye: «LaAurora suplica a Diana
que apresure el curso de la noche...».
Ana aplaudió y atravesó el umbral. Don Víctor entró detrás diciéndose así mismo en voz alta:
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