Not a member?     Existing members login below:

La Regenta

de lectura, para cenary bailar, y doña Ana Ozores, la mismísima Regenta que viste y calza,
sehabía desmayado en brazos del señor don Álvaro Mesía».
El Magistral, que no había dormido aquella noche, que esperaba noticiasde Ana con fiebre de
impaciencia, dio media vuelta como un recluta; erala primera vez que el puñal de Glocester,
aquella lengua, le llegaba alcorazón. Pálido, temblorosa la barba hasta que la sujetó mordiendo
ellabio inferior, don Fermín miró a su enemigo con asombro y con unaexpresión de dolor que
llenó de alegría el alma torcida del Arcediano.Aquella mirada quería decir «venciste, ahora sí,
ahora me ha llegado alas entrañas el veneno». De Pas estaba pensando que los miserables,
porviles, débiles y necios que parezcan, tienen en su maldad una grandezaformidable. «¡Aquel
sapo, aquel pedazo de sotana podrida, sabía daraquellas puñaladas!». Después don Fermín se
acordó de su madre; su madreno le había hecho nunca traición, su madre era suya, era la misma
carne;Ana, la otra, una desconocida, un cuerpo extraño que se le habíaatravesado en el
corazón....
Sin disimular apenas, disimulando muy mal su dolor que era el más hondo,el más frío y sin
consuelo que recordaba en su vida, salió De Pas de lasacristía, y anduvo por las naves de la
catedral vacilante, sin saberencontrar la puerta. Ignoraba a dónde quería ir, le faltaba en
absolutola voluntad... y al notar que algunos fieles le observaban, se dejó caerde rodillas delante
del altar de una capilla. Allí estuvo meditando loque haría. ¿Ir a casa de la Regenta? Absurdo.
Sobre todo tan temprano.Pero su soledad le horrorizaba... tenía miedo del aire libre, quería
unrefugio, todo era enemigo. «Su madre, su madre del alma». Salió deltemplo, corrió, entró en
su casa. Doña Paula barría el comedor; unpañuelo de percal negro le ceñía la cabeza sobre la
plata del peloespeso y duro, como un turbante.
—¿Vienes del coro?—Sí, señora. Doña Paula siguió barriendo.
Don Fermín daba vueltas alrededor de la mesa, alrededor de su madre.«Allí estaba el consuelo
único posible, allí el regazo en que llorar...allí la única compasión verdadera, allí el único
contagio posible de lapena; aquel veneno que a él le mataba sólo sería veneno, saliendo de élpara
su madre. El deseo de partir el dolor le apretaba la garganta conangustias de muerte.... Y no
podía, no podía hablar.... Era una crueldadde su madre no adivinar los tormentos del hijo. Doña
Paula le mirabacomo los demás, como la gente con que había tropezado en la calle, sinconocer
que moría desesperado. ¡Y no podía él hablar!».
—¿Qué tienes, hombre? ¿qué haces aquí? te estoy llenando de polvo laropa nueva....
Don Fermín salió del comedor. Entró en el despacho. Teresina hacía lacama del señorito. No
le oyó entrar porque cantaba y la hoja del jergónsacudida le llenaba de estrépito los oídos. El
señorito como huyendo,salió del despacho también. Salió de casa. Llegó a la de doña
PetronilaRianzares. «La señora estaba en misa». Esperó paseando por la sala, conlas manos a la
espalda unas veces, otras cruzadas sobre el vientre. Elgato pulcro y rollizo entró y saludó a su
amigo con un conato dequejido. Y se le enredó en los pies, haciendo eses con el cuerpo.«Parecía
que el gato sabía ya algo de aquella traición». El sofá dondesolía sentarse Ana llamó al Magistral
con la voz de los recuerdos. En unextremo del asiento había un muelle algo flojo, la tela estaba
arrugada;allí se sentaba ella. De Pas se sentó en la butaca al lado de aquellatela floja. Cerró los
ojos, y una pereza de vivir que parecía sueño osopor le embargó el ánimo. Quería detener el
tiempo. Ya deseaba quetardase en volver doña Petronila: le asustaba la actividad, tenía miedode
cualquier resolución; todo sería peor. La muerte ya estaba en elalma. Los recuerdos lejanos
Remove