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La Regenta

el primer abrazo deque ha gozado esta pobre mujer». ¡Ay sí, era un abrazo disimulado,hipócrita,
diplomático, pero un abrazo para Anita!
—¡Qué sosos van Álvaro y Ana!—decía Obdulia a Ronzal, su pareja.
En aquel instante Mesía notó que la cabeza de Ana caía sobre la limpia ytersa pechera que
envidiaba Trabuco. Se detuvo el buen mozo, miró a laRegenta inclinando el rostro y vio que
estaba desmayada. Tenía doslágrimas en las mejillas pálidas, otras dos habían caído sobre la
telaalmidonada de la pechera. Alarma general. Se suspende el baileclandestino, don Víctor se
aturde, ruega a su esposa que vuelva en sí...se busca agua, esencias... llega Somoza, pulsa a la
dama, pide... uncoche. Y se acuerda que Visita y Quintanar lleven a aquella señora a sucasa, bien
tapada, en la berlina de la Marquesa. Y así fue. En cuantoAna volvió en sí, pidiendo mil
perdones por haber turbado la fiesta, donVíctor, de muy mal humor, ya sin miedo, la llenó el
cuerpo de pieles, laembozó, se despidió de la amable compañía y con la del Banco se llevó ala
Regenta a la cama.
«¡El humo! ¡el calor, la falta de costumbre, la polka después de cenar,las luces!... Cualquier
cosa, en fin, aquello no valía nada. Podíacontinuar la fiesta». Y continuó. Los del salón se habían
enterado: «Ala Regenta le había dado el ataque». «La habían hecho bailar a lafuerza». Pero
pronto se olvidó el incidente, para comentar la conductade aquellas señoras y caballeros que se
encerraban en el gabinete delectura a cenar y bailar como si el Casino no fuese de todos....
A las seis de la madrugada, al despedirse Paco de Mesía con un apretónde manos, a la puerta
del Casino, el Marquesito exclamó:
—¡Bravo! ¡Al fin! ¿Eh?
Mesía tardó en contestar; se abrochó su gabán entallado de color deceniza, hasta el cuello; se
apretó a la garganta un pañuelo de sedablanco, y al cabo dijo:
—Ps.... Veremos. Llegó a su casa, la fonda; llamó al sereno que tardó envenir; pero en vez de
reñirle como solía, le dio dos palmadas en elhombro y una propina en plata.
—¡Qué contento viene el señorito!... ¿Del baile, eh?
—Señor Roque, del baile.... Y al acostarse, al dejar en una percha unaprenda de abrigo
interior, de franela, murmuró a media voz don Álvaro,como hablando con el lecho, a cuyo
embozo echaba mano:
—¡Lástima que la campaña me coja un poco viejo!...
—XXV—
Al día siguiente Glocester delante del Magistral, sin compasión, referíaen la catedral todo lo
que había sucedido en el baile. «La aristocraciase había encerrado en un gabinete, en el gabinete
 
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