Not a member?     Existing members login below:

La Regenta

El rostro de la dama al decir Mesía aquello y otras cosas por el estilo,todas de novela
perfumada, le dejó ver al gallo vetustense que elMagistral no era dueño del corazón de Anita.
Pero como en la anatomíahumana nos encontramos con muchos más órganos que el corazón,
Mesía nose dio por satisfecho porque pensó: «Suponiendo que Ana esté enamoradade mí,
necesito todavía saber si la carne flaca no me ha buscado unsucedáneo».
No, don Álvaro no se hacía ilusiones. A esta modestia material y groserale obligaba su
filosofía, que cada vez le parecía más firme.
Ana sintió que un pie de don Álvaro rozaba el suyo y a veces loapretaba. No recordaba en qué
momento había empezado aquel contacto; mascuando puso en él la atención sintió un miedo
parecido al del ataquenervioso más violento, pero mezclado con un placer material tan
intenso,que no lo recordaba igual en su vida. El miedo, el terror era como el deaquella noche en
que vio a Mesía pasar por la calle de la Traslacerca,junto a la verja del parque; pero el placer era
nuevo, nuevo en absolutoy tan fuerte, que le ataba como con cadenas de hierro a lo que ella
yaestaba juzgando crimen, caída, perdición.
Don Álvaro habló de amor disimuladamente, con una melancolía bonachona,familiar, con una
pasión dulce, suave, insinuante.... Recordó milincidentes sin importancia ostensible que Ana
recordaba también. Ella nohablaba pero oía. Los pies también seguían su diálogo; diálogo
poéticosin duda, a pesar de la piel de becerro, porque la intensidad de lasensación engrandecía la
humildad prosaica del contacto.
Cuando Ana tuvo fuerza para separar todo su cuerpo de aquel placer delroce ligero con don
Álvaro, otro peligro mayor se presentó en seguida:se oía a lo lejos la música del salón.
—¡A bailar, a bailar!—gritaron Paco, Edelmira, Obdulia y Ronzal.
Para Trabuco era el paraíso aquel baile que él llamó clandestino, allí,entre los mejores, lejos
del vulgo de la clase media....
Se entreabrió la puerta para oír mejor la música, se separó la mesahacia un rincón, y
apretándose unas a otras las parejas, sin podermoverse del sitio que tomaban, se empezó aquel
baile improvisado.
Don Víctor gritó:—Ana ¡a bailar! Álvaro, cójala usted....
No, quería abdicar su dictadura el buen Quintanar; don Álvaro ofreció elbrazo a la Regenta
que buscó valor para negarse y no lo encontró.
Ana había olvidado casi la polka; Mesía la llevaba como en el aire, comoen un rapto; sintió
que aquel cuerpo macizo, ardiente, de curvas dulces,temblaba en sus brazos.
Ana callaba, no veía, no oía, no hacía más que sentir un placer queparecía fuego; aquel gozo
intenso, irresistible, la espantaba; se dejaballevar como cuerpo muerto, como en una catástrofe;
se le figuraba quedentro de ella se había roto algo, la virtud, la fe, la vergüenza;estaba perdida,
pensaba vagamente....
El presidente del Casino en tanto, acariciando con el deseo aquel tesorode belleza material que
tenía en los brazos, pensaba.... «¡Es mía! ¡eseMagistral debe de ser un cobarde! Es mía.... Este es
Remove