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La Regenta

subían a la bóveda y pugnaban porsalir a la calle, remontándose al cielo... empapando el mundo
de músicaretozona. Decía el órgano a su manera:
Adiós,
María
Dolores,
marcho
mañana
en
un
barco
de
flores
para la Habana.
y de repente, cambiaba de aire y gritaba:
La
casa
del
señor
cura
nunca la vi como ahora...
y sin pizca de formalidad, se interrumpía para cantar:
Arriba,
Manolillo,
abajo,
Manolé,
de
la
quinta
pasada
yo
te
liberté;
de
la
que
viene
ahora
no
si
podré...
arriba,
Manolillo,
Manolillo Manolé.
Y todo esto era porque hacía mil ochocientos setenta y tantos años habíanacido en el portal de
Belén el Niño Jesús.... ¿Qué le importaba alórgano? Y sin embargo, parecía que se volvía loco
de alegría... queperdía la cabeza y echaba por aquellos tubos cónicos, por aquellastrompetas y
cañones, chorros de notas que parecían lucecillas paraalumbrar las almas.
El templo estaba obscuro. De trecho en trecho, colgado de un clavo enalgún pilar, un quinqué
de petróleo con reverbero, interrumpía lastinieblas que volvían a dominar poco más adelante. No
había más luz queaquella esparcida por las naves, el trasaltar y el trascoro, y loscirios del altar y
las velas del coro que brillaban a lo lejos, en alto,como estrellitas. Pero la música alegre botando
de pilar en capilla, delpavimento a la bóveda, parecía iluminar la catedral con rayos del alba.
Y no eran más que las doce. Empezaba la misa del gallo.
El órgano, con motivo de la alegría cristiana de aquella hora sublime,recordaba todos los aires
populares clásicos en la tierra vetustense ylos que el capricho del pueblo había puesto en moda
aquellos últimosaños. A la Regenta le temblaba el alma con una emoción religiosa dulce,risueña,
en que rebosaba una caridad universal; amor a todos los hombresy a todas las criaturas... a las
aves, a los brutos, a las hierbas delcampo, a los gusanos de la tierra... a las ondas del mar, a los
suspirosdel aire.... «La cosa era bien clara, la religión no podía ser mássencilla, más evidente:
Dios estaba en el cielo presidiendo y amando suobra maravillosa, el Universo; el Hijo de Dios
había nacido en la tierray por tal honor y divina prueba de cariño, el mundo entero se alegraba
yse ennoblecía; y no importaba que hubiesen pasado tantos siglos, el amorno cuenta el tiempo;
hoy era tan cierto como en tiempo de los Apóstoles,que Dios había venido al mundo; el motivo
para estar contentos todos losseres, el mismo. Por consiguiente, el organista hacía muy bien
endeclarar dignos del templo aquellos aires humildes, con que solíaalegrarse el pueblo y que
cantaban las vetustenses en sus bailesbulliciosos a cielo abierto. Aquel recuerdo de canciones
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