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La Regenta

pronto olvidado del mundoentero; estaba a flor de tierra... separado de los demás vetustenses
quehabían sido, por un muro que era una deshonra; perdido, como elesqueleto de un rocín, entre
ortigas, escajos y lodo.... Por aquellabrecha penetraban perros y gatos en el cementerio civil.... A
todaprofanación estaba abierto.... Y allí estaba don Santos... el buenBarinaga que había vendido
patenas y viriles... y creía en ellos... enotro tiempo. ¡Y todo aquello era obra suya... de don
Pompeyo; él, en elcafé—restaurant de la Paz, había comenzado a demoler el alcázar de lafe... del
pobre comerciante!...».
Un escalofrío sacudió el cuerpo de Guimarán. Se abrochó. «Había sidootra imprudencia venir
sin capa».
Entonces sintió que no sentía ya el agua.... «Era que ya no llovía».Sobre Vetusta brillaban
entre grandes espacios de sombra algunas lucespálidas, las estrellas; y entre las sombras de la
ciudad aparecíanpuntos rojizos simétricos: los faroles.
Guimarán volvió a temblar; sintió la humedad de los pies de nuevo... yapretó el paso. Hubo
más, se le figuró que le seguían; que a veces letocaban sutilmente las faldas de la levita y el
cabello del cogote.... Ycomo estaba solo, seguramente solo... no tuvo inconveniente en
emprenderpor la cuesta abajo un trote ligero, con el paraguas debajo del brazo.
«No, no hay Dios, iba pensando, pero si lo hubiera estábamosfrescos...».
Y más abajo: «Y de todas maneras, eso de que le han de enterrar a uno defijo, sin escape, en
ese estercolero... no tiene gracia».
Y corría, sintiendo de vez en cuando escalofríos.
Don Pompeyo tuvo fiebre aquella noche.
«Ya lo decía él; ¡la humedad!».
Deliró. «Soñaba que él era de cal y canto y que tenía una brecha en elvientre y por allí
entraban y salían gatos y perros, y alguno que otrodiablejo con rabo».
—XXIII—
«Tecum principium in die virtutis tuae in splendorum sanctorum, exutero ante luciferum genui
te». Esto leyó la Regenta sin entenderlobien; y la traducción del Eucologio decía: «Tú poseerás
el principadoy el imperio en el día de tu poderío y en medio del resplandor quebrillará en tus
santos: yo te he engendrado de mis entrañas desde antesdel nacimiento del lucero de la mañana».
Y más adelante leía Ana con los ojos clavados en su devocionario:Dominus dixit ad me: Filius
meus es tu, ego hodie genui te. Alleluia.¡Sí, sí, aleluya! ¡aleluya! le gritaba el corazón a ella... y
el órganocomo si entendiese lo que quería el corazón de la Regenta, dejabaescapar unos
diablillos de notas alegres, revoltosas, que luego llenabanlos ámbitos obscuros de la catedral,
 
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