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La Regenta

Llovía a latigazos. Una nube negra, en forma de pájaromonstruoso, cubría toda la ciudad y
lanzaba sobre el duelo aquelchaparrón furioso. Parecía que los arrojaba de Vetusta, silbándoles
conlas fauces del viento que soplaba por la espalda.
Se subía la cuesta a buen paso. La percalina de que iba forrado elféretro miserable se había
abierto por dos o tres lados; se veía lacarne blanca de la madera, que chorreaba el agua. Los que
conducían elcadáver le zarandeaban. La fatiga y cierta superstición inconsciente leshabía hecho
perder gran parte del respeto que merecía el difunto. Todoslos hachones se habían apagado y
chorreaban agua en vez de cera. Sehablaba alto en las filas.
—¡De prisa, de prisa! se oía a cada paso.
Algunos se permitían decir chistes alusivos a la tormenta. En el duelohabía más
circunspección, pero todos convenían en la necesidad deapretar el paso.
Aquel furor de los elementos despertó muchas preocupaciones taciturnas.
Don Pompeyo llevaba los pies encharcados, y era sabido que la humedad lehacía mucho daño,
le ponía nervioso y con esto se le achicaba el ánimo.
—No hay Dios, es claro, iba pensando, pero si le hubiera, podríacreerse que nos está dando
azotes con estos diablos de aguaceros.
Llegaron a lo alto, a la cima de aquella loma. La tapia del cementeriose destacaba en la
claridad plomiza del cielo como una faja negra delhorizonte. No se veía nada distintamente. Los
cipreses, detrás de latapia, se balanceaban, parecían fantasmas que se hablaban al oído,tramando
algo contra los atrevidos que se acercaban a turbar la paz delcamposanto.
En la puerta se detuvo el cortejo. Hubo algunas dificultades paraentrar. Se habían olvidado
ciertos pormenores y la mala fe delenterrador—tal vez la del capellán también—ponía
obstáculosreglamentarios.
—¡A ver, dónde está Foja!—gritó don Pompeyo, que no se encontraba conánimo para dar otra
batalla al obscurantismo clerical.
Foja no estaba allí. Nadie le había visto en el duelo.
Don Pompeyo sintió el ánimo desfallecer. «Estoy solo; ese capitán Arañame ha dejado solo».
Sacó fuerzas de flaqueza, y ayudado por la indignación general, seimpuso. El cortejo entró en
el cementerio, pero no por la puertaprincipal, sino por una especie de brecha abierta en la tapia
delcorralón inmundo, estrecho y lleno de ortigas y escajos en que seenterraba a los que morían
fuera de la Iglesia católica. Eran muy pocos.El enterrador actual sólo recordaba tres o cuatro
entierros así.
El duelo se despidió sin ceremonia; a latigazos lo despedía el vientocon disciplinas de agua
helada.
Don Pompeyo Guimarán salió del cementerio el último. «Era su deber».
Había cerrado la noche. Se detuvo solo, completamente solo, en lo altode la cuesta. «A su
espalda, a veinte pasos tenía la tapia fúnebre. Allídetrás quedaba el mísero amigo, abandonado,
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