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La Puerta de Bronce y Otros Cuentos

su dormitorio. Era amplísima y, a diferencia de lasdemás estancias del palacio, relativamente sobria.
Pocos pero ricosmuebles la exornaban y el techo carecía de
plafond
alegórico,motivo por el cual el Príncipe la prefirió a las demás, pues, comodijo sonriendo al
mayordomo, no quería estar viendo los ángeles ymujeres desnudas de Julio Romano desde su lecho.
Aquella noche, don Fabricio tomó ligerísima comida, y después seinstaló en su gabinete, a escribir, hasta
hora muy avanzada. Elvasto edificio estaba sumido en el más profundo silencio, pues todala servidumbre se
había retirado a descansar, y sólo podía oírse elrasguear de la pluma sobre el papel. Larga fué la carta que
escribióel Príncipe, y bastante tiempo tomó en leerla y hacerle algunascorrecciones. Por fin la dobló
cuidadosamente, y después de haberlametido dentro de un sobre grande, la dirigió a una persona de
vulgarapellido, residente en la República del Pánuco. Se disponía alacrarla y sellarla, cuando se dibujó en
su rostro una expresión desorpresa y de miedo. El gabinete se hallaba contiguo al estudio quehabía sido del
Cardenal, y al alzar el Príncipe la cabeza en buscadel sello, notó que por debajo de la puerta de
comunicación conaquella estancia, se veía una brillante raya de luz.
Don Fabricio, pasados algunos instantes de sobresalto, logródominarse y hasta sonreir; y levantóse de su
asiento para ir aapagar la luz, que inadvertidamente habría dejado algún criadoencendida en el estudio.
Abri la puerta resueltamente, … y ¡sehel su sangre! Sentada en el silln, con su tabaquera abierta en
lamano derecha, y los dedos de la izquierda en ademán de tomar unospolvos, hallábase la prócer figura del
Cardenal de Portinaris.
—No esperaba veros más, dijo lentamente. Creí que habíais muerto,sobrino.
Presa del mayor terror, don Fabricio huyó, llamando en alta voz almayordomo y otros sirvientes; pero nadie
acudía en su auxilio, yrecorrió las galerías dando voces que retumbaban en las bóvedas dela señorial
mansión.
—¡Antonio, Bernardo, Julio, Gilberto! gritaba, pero nadie queríacontestar, y con verdadero pavor bajó,
puede decirse que rodó, laescalera, y corrió a llamar al conserje. Grandes golpes dió en supuerta con ambas
manos, pero nadie oía sus desesperadas vocesde terror.
Acercóse a la entrada de palacio y quiso abrir la puerta de bronceque la cerraba; pero por más esfuerzos que
hizo, no pudo lograrmoverla un milímetro, y por fin, en su desesperación, concibió laidea de salir por entre
los barrotes, pues a toda costa queríaabandonar aquella casa. Como hemos dicho, don Fabricio
eraextremadamente delgado, y decidió intentar pasar el cuerpo poraquella parte de la reja, en que los
barrotes eran más esbeltos y,por consiguiente había mayor espacio entre ellos.
A la madrugada siguiente, enorme concurso de curiosos se aglomerabaa la entrada del palacio. La cabeza
del Príncipe, amoratada ydescompuesta, se hallaba presa entre dos barrotes, y los ojos,saltándosele de las
órbitas, parecían mirar con terror el tablero,en el cual Ghiberti había cincelado magistralmente la
degollación deHugo de Portinaris por el despiadado Orlando Testaferrata.
UN HOMBRE PRACTICO
A AGUSTIN BASAVE.
El Padre Ministro de la Casa de Novicios de la Compañía de Jesús enEspadal era pequeñín, de rostro
colorado, cabello blanco y expresiónrisueña. Decíase que en su juventud tuvo trato con las Musas, perosi
tal fué el caso, ningún resabio de ello adivinábase en el PadreHurtado. El Padre Ministro, varón santo si los
hay, era ante todo unhombre práctico; pruebas de serlo dió en mil ocasiones, al grado dehacerse esta
cualidad suya proverbial, no sólo entre la comunidad,sino en toda la comarca. Inútil nos parece decir que
aquelestablecimiento marchaba admirablemente, como cuadraba a la granInstitución de que formaba parte.
Una alegre mañana de junio, en que el Padre Ministro comprobaba consatisfacción que el consumo de
patatas en el mes pasado había sidomucho menor que el del correspondiente del año anterior, un levetoque
en su puerta vino a interrumpir su tarea.
—¡Adelante! exclamó.
El Hermano Fuente dió vuelta al picaporte y dijo:
—Padre Ministro; un hombre desea hablarle.
El Padre Hurtado, enemigo de antesalas, frunció ligeramente elentrecejo, pero contestó;
—Que pase.
Pocos momentos después, se presentaba un individuo, cuya descripciónes ocioso hacer, pues era como
miles otros: de cuarenta años, pocomás o menos, sano al parecer, y pobre, puesto que el dinero, segúnreza
el refrán, no puede estar disimulado.
—Buenos días, Padre.
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