Not a member?     Existing members login below:

La Puerta de Bronce y Otros Cuentos

al leer en ella: "El Conde Fabriciode Portinaris" experimentó alguna sorpresa, pudo dominarla enseguida,
pues con tono tranquilo dijo al notario:
—Ramponelli, mañana terminaremos. Puede Vd. retirarse.
El notario recogió sus papeles, metiólos dentro de un cartapacio, ycon éste bajo el brazo, fué a besar el
anillo cardenalicio, y salióde la estancia después de hacer profunda reverencia.
En seguida ordenó a su camarero:
—¡Que pase el Conde!
Don Fabricio de Portinaris rayaba en los cincuenta años. Eraextraordinariamente delgado y bajo de cuerpo;
tenía la narizaguileña, el cabello entrecano y el rostro tan lleno de arrugas, quea primera vista aparecía estar
sonriendo continuamente.
Al verlo entrar en el estudio, su tío ni se inmutó ni se puso depie: sólo dijo secamente, dirigiendo
involuntaria mirada al retratode César Borgia que pendía en uno de los muros.
—No esperaba veros más, sobrino. Creí que habíais muerto.
—Aun vivo, Eminencia, repuso el Conde sonriendo, e hizo ademán debesar la mano del Prelado, pero éste
la retiró disimuladamenteindicando con ella una butaca cercana. Tomó asiento el Conde, ydespués de unos
instantes de embarazoso silencio, dijo:
—He llegado esta mañana, y creí de mi deber, antes que nada,saludar a vuestra Eminencia.
—Os lo agradezco, contestó el Cardonal, tomando polvos de sutabaquera de oro. Y, decidme, prosiguió,
¿encontrásteis en el NuevoMundo todas aquejas cosas que aquí echábais de menos? ¿Aquellalibertad,
aquella cuantiosa fortuna, aquella igualdad encantadoraentre los hombres, aquella (aquí sonrió el Cardenal)
verdaderademocracia?
—Encontré en el Nuevo Mundo, Eminencia, lo mismo que en Europa.Quince años he vivido una vida
angustiosa, y hoy vengo a impetrarvuestro perdón y a morir en mi país.
Fué tal su acento de sinceridad, que el Cardenal se puso de piesolemnemente y bendijo a don Fabricio de
Portinaris. Era la hora delocaso y los rayos del sol que se ponía hacían más intensa la rojavestidura del
prócer.
Al principio el regreso del Conde fué escasamente comentado en laCiudad, porque había casi, desaparecido
su memoria. Pero prontovolvió a hablarse de él, porque el Cardenal de Portinaris, a pesarde su robusta
salud y no avanzada edad, decaía notablemente, y unmes después se hallaba al borde del sepulcro. No faltó
quien hablaseen voz baja de sutiles venenos traídos de América y alguien recordó,en plena tertulia, que los
Portinaris descendían de Cesar Borgia. Alfallecer el Prelado y abrirse su testamento, se supo que
habíalegado todos sus bienes a Don Fabricio.
El nuevo Príncipe se ausentó enseguida de la Capital, y estableciósu residencia en una
villa
cercana, en donde llevó una vidaretirada y tranquila. A las pocas personas con quienes trataba,refería
que estaba escribiendo sus memorias.
Pero pasados algunos meses, decidió regresar a la Corte y allí sedijo que pensaba dar grandes recepciones
en su palacio, pues deseabacontraer matrimonio y llevar la vida que correspondía a su clase.
No viene al caso hacer una reseña del Palacio de Portinaris, porqueha sido descrito mil veces. En toda obra
referente al Arte delRenacimiento ocupa preferente lugar, y es conocidísimo aún de laspersonas que jamás
han visitado la Ciudad Ducal. Baste recordar que,entre las innumerables obras de arte que encierra, quizá
sea la másnotable la hermosa reja de entrada, labrada en bronce con talmaestría, que todos están acordes
con atribuirla al autor de laspuertas del bautisterio florentino. En los tableros inferiores sedestaca, en alto
relieve, la historia de aquel Hugo de Portinarisque, después de defender heroicamente la fortaleza del
Borgo, fuédegollado, junto con su mujer y sus dos hijas, por el victorioso ysanguinario Orlando
Testaferrata. Gruesos, pero exquisitamentelabrados, barrotes abalaustrados sostienen el medio punto que
laremata, en cuyo centro campea orgullosamente, la puerta queconstituye las armas parlantes de la familia,
mientras que coronas,tiaras, espadas y llaves cruzadas, pregonan por doquier los grandeshonores que ésta
ha gozado desde tiempo inmemorial.
Llegó el Príncipe a su palacio con las primeras sombras de la noche.Al ascender la escalera de honor,
sintió un desmayo y hubiera caídoal suelo, si no se apoyara en el pedestal de una estatua, quedecoraba
el primer descanso. Repúsose enseguida, y atravesó con pasorápido la larga galería del Poniente,
seguido de su mayordomo, yentró en la cámara, llamada del Papa Calixto, que había sidodispuesta para
Remove