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La Novela de un Joven Pobre

—Es cierto, señorita—respondí con dulzura, inclinándome—
he habladosin saber, y he olvidado un poco con quien hablo;
pero usted me ha dadoel ejemplo.
La señorita Margarita con los ojos fijos sobre la cima de los
árbolesque bordaban el camino, me dijo entonces con irónica
altivez:—¿Serámenester pedirle perdón?
—Ciertamente, señorita—respondí con firmeza—si alguno de
los dostiene que pedir aquí perdón, sería usted seguramente:
usted es rica y yosoy pobre; usted puede humillarse... ¡y yo no!
Hubo un momento de silencio. Sus labios apretados, sus
narices abiertas,la palidez repentina de su frente atestiguaban el
combate interior porque pasaba. Repentinamente bajando su
látigo como para saludar.—¡Puesbien—dijo—perdón!—En el
mismo instante castigó violentamente sucaballo, y partió al
galope dejándome en medio del camino.
No la he vuelto á ver después.
30 de julio.
Nunca es tan vano el cálculo de las probabilidades, como
cuando seejerce á propósito de las ideas y de los sentimientos de
una mujer. Nodeseando hallarme muy pronto en presencia de la
señorita Margarita,después de la penosa escena que había tenido
lugar entre nosotros, habíapasado dos días sin mostrarme en el
castillo: creía que este cortointervalo apenas bastara para calmar
los resentimientos, que habíasublevado en aquel altivo corazón.
No obstante, anteayer á las siete dela mañana, trabajaba yo cerca
de la ventana abierta de mi torreón,cuando repentinamente me oí
llamar en el tono de una amigablejovialidad, por la persona
misma á quien creía tener por enemiga.
 
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