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La Novela de un Joven Pobre

—¿Y la hija de su señora madre?—dije yo sonriendo.
—¡Oh! en cuanto á mí, yo me exalto menos fácilmente. Si
tiene usted lapretensión de que le admire, es preciso tener la
bondad de esperar aúnun poco de tiempo. No tengo el hábito de
juzgar con ligereza lasacciones humanas, que tienen
generalmente dos faces. Confieso que suconducta para con la
señorita de Porhoet tiene una bella apariencia;pero...—hizo una
pausa, movió la cabeza y continuó con un tono serio,amargo y
verdaderamente ultrajante.—Pero no estoy bien segura de que
nole haga la corte con la esperanza de heredarla.
Sentí que palidecía. Sin embargo, reflexionando el ridículo de
respondercon una fanfarronada á aquella niña, me contuve y le
respondí congravedad:—Permítame, señorita, compadecerla
sinceramente.
Me pareció muy sorprendida.—¿Compadecerme, señor?
—Sí, señorita, perdone que le exprese la piedad respetuosa, á
que meparece tiene usted derecho.
—¡La piedad!—dijo deteniendo su caballo y volviendo
lentamente haciamí sus ojos medio cerrados por el desprecio.—
No tengo la dicha decomprenderle á usted.
—Y sin embargo, es bien sencillo, señorita; si la desilusión del
bien,la duda y la sequedad del alma son los más amargos frutos
de laexperiencia de una larga vida, nada merece más compasión
en el mundo,que un corazón herido por la desconfianza, antes de
haber vivido.
—Señor—replicó la señorita Laroque con una vivacidad muy
extraña á suhabitual lenguaje:—¡no sabe usted lo que dice!—y
agregó másseveramente:—olvida usted á quien habla.
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