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La Novela de un Joven Pobre

ochenta y ocho años. Temo que nohaya compensación en el
cambio.
La señorita Helouin, con la que quiero arreglar mis cuentas
desde luego,es una ingrata. Mis pretendidos agravios hacia ella,
deberían más bienrecomendarme á su estimación; pero parece
ser una de esas mujeres,bastante generales en el mundo, que no
cuentan la estimación en elnúmero de los sentimientos, que
gustan suspirar, ó que se les suspire.Desde los primeros tiempos
de mi morada en el castillo, una especie deconformidad entre la
situación de la maestra y la del intendente, lamodestia común de
nuestro estado en la casa, me indujeron á entablar conla señorita
Helouin las relaciones de una benevolencia afectuosa.Siempre
me he afanado en manifestar á estas pobres muchachas el
interésá que su ingrata tarea, su situación precaria, humillante y
sinporvenir, me parecían hacerlas acreedoras. La señorita
Helouin esademás bonita, inteligente y llena de talento, y
aunque prodigue un pocotodo esto, por la vivacidad de sus
salidas, su febril coquetería, y esaligera pedantería que son las
propensiones habituales del empleo,convengo en que había muy
poco mérito en sostener el papel caballerescoque me había
propuesto. Este papel tomó á mis ojos el carácter de unaespecie
de deber, cuando reconocí, como muchas advertencias me lo
habíanhecho presentir, que un león devorador, bajo las facciones
del ReyFrancisco I, rondaba furtivamente á mi joven protegida.
Esta duplicidadque hace honor á la audacia del señor de
Bevallan, pasa, so color deamable familiaridad, con una política
y un aplomo, que engañanfácilmente las miradas poco atentas ó
demasiado cándidas. La señora deLaroque, y en particular su
hija, son completamente ajenas á lasperversidades de este
mundo, y viven demasiado apartadas de todarealidad para sentir
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