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La Novela de un Joven Pobre

Al día siguiente de mi llegada, después de haber estudiado en
mi retiro,durante algunas horas, los papeles y registros del padre
Hivart, como sellama aquí á mi predecesor, fuí á almorzar al
castillo, donde no hallémás que una pequeña parte de los
huéspedes de la víspera. La señora deLaroque, que ha vivido en
París antes que la salud de su suegro lahubiese condenado á un
eterno veraneo, conserva fielmente en su retiroel gusto por los
intereses elevados, elegantes ó frívolos, de que elarroyo de la
calle de Bac era el espejo, en tiempos del turbante de laseñora
Stäel. Parece, además, haber visitado la mayor parte de
lasgrandes ciudades de Europa, y adquirido conocimientos
literarios quepasan la medida común de la erudición parisiense.
Recibe muchos diarios y revistas, y se aplica á seguir, tanto
como le esposible á la distancia en que se encuentra, el
movimiento de esacivilización refinada, de que los teatros, los
museos y los librosrecién publicados son las flores y los frutos
más ó menos efímeros.Durante el almuerzo se habló de una
ópera nueva, y la señora de Laroquedirigió sobre este asunto, al
señor de Bevallan, una pregunta á que nosupo responder, aun
cuando siempre tenga, si ha de creérsele, un pie yun ojo en el
Bulevar de los Italianos. La señora de Laroque se
dirigióentonces hacia mí, manifestando en su aire de distracción
la pocaesperanza que tenía de hallar á su encargado de negocios
muy alcorriente de estas cosas; pero precisa y desgraciadamente,
son lasúnicas que conozco. Había oído en Italia la ópera que
acababa de darseen Francia por la primera vez. La reserva
misma de mis respuestas,despertó la curiosidad de la señora de
Laroque, que me oprimía ápreguntas, y que se dignó muy luego
comunicarme ella misma, susimpresiones, sus recuerdos y sus
entusiasmos de viaje. No tardamos enrecorrer como camaradas,
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