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La Novela de un Joven Pobre

—¡Y bien, Bevallan!—dijo uno de los jóvenes—¿no renuncia
usted, pues,á la sacerdotisa del sol?
—¡Jamás!—respondió el señor de Bevallan.—Esperaré diez
meses, diezaños, si es preciso; ¡pero ó la poseeré yo ó nadie!
—Es usted afortunado, viejo bribón; la institutriz le ayudará á
tenerpaciencia.
—Debo cortarle la lengua ó las orejas, Arturo—dijo á media
voz elseñor de Bevallan avanzando hacia su interlocutor, y
haciéndole unarápida seña para que notara mi presencia.
Se pasó entonces en revista, en una encantadora mezcolanza,
todos loscaballos, todos los perros y todas las damas de la
comarca. Entreparéntesis, sería de desear que las mujeres
pudiesen asistirsecretamente una vez en su vida á una de esas
conversaciones que tienenlugar entre hombres en la primera
efusión que sigue á una abundantecomida; allí hallarían la
medida exacta de la delicadeza de nuestrascostumbres y de la
confianza que ella debe inspirarlas. Por lo demás, yono me jacto
de gazmoñería; pero la conversación de que era testigo,tenía,
según mi opinión, la grave falta de ultrapasar los límites de
labroma más libre; todo lo tocaba al pasar, lo ultrajaba todo
alegremente,y tomaba, en fin, un carácter muy gratuito de
universal profanación.Luego mi educación, muy incompleta sin
duda, me ha dejado en el corazónun fondo de respeto, que me
parece debe ser reservado en medio de lasmás vivas expansiones
del buen humor. Entretanto, tenemos hoy en Franciaá nuestra
joven América, que no está contenta sino blasfema un
pocodespués de haber bebido; tenemos amables pichones de
bandido, esperanzasdel porvenir, que no han tenido padre ni
madre, que no tienen patria,que tampoco tienen Dios, pero que
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