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La Novela de un Joven Pobre

una hermana pretenciosa de la Baja Normandía. Cansado ya
dedecepciones y de manzanos, había dejado hacía una hora de
prestar lamenor atención al paisaje, y dormitaba tristemente,
cuando de pronto mepareció apercibir que nuestro pesado
carruaje se inclinaba haciaadelante más de lo natural; al mismo
tiempo, el andar de los caballosaflojaba sensiblemente y un
ruido de hierros viejos, acompañado de unrozamiento particular,
me anunciaba, que el último de los conductoresacababa de
aplicar la última arrastradera á la rueda de la últimadiligencia.
Una señora vieja que estaba cerca de mí, me tomó el brazocon
esa viva simpatía que hace nacer la comunidad del peligro.
Saqué la cabeza por la portezuela: descendíamos entre dos
pendienteselevadas, una cuesta enteramente empinada,
concepción de un ingenierodemasiado partidario de la línea
recta, y medio deslizándonos, mediorodando, no tardamos en
llegar á un estrecho valle de aspecto siniestro,en cuyo fondo un
miserable arroyo corría penosamente y sin ruido, entreespesos
cañaverales; sobre sus orillas derrumbadas se veían
algunostroncos cubiertos de musgo. El camino atravesaba este
río por un puentede un solo arco; luego remontaba la pendiente
opuesta trazando un surcoblanco á través de un arenal inmenso,
árido y absolutamente desnudo,cuya cima cortaba el cielo
sensiblemente á nuestro frente. Cerca delpuente, en el borde del
camino se levantaba un casucho solitario, cuyoaire de profundo
abandono, oprimía el corazón.
Un hombre joven y robusto, partía leña delante de la puerta:
un cordónnegro retenía por detrás sus largos cabellos de un
rubio pálido. Levantóla cabeza y me sorprendió el carácter
extraño de sus facciones y lamirada tranquila de sus ojos azules:
me saludó en una lenguadesconocida, con un acento breve,
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