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La Novela de un Joven Pobre

sufrimientos más serios que tussufrimientos de niña; todo te lo
diré, excepto el nombre del pobre.
Martes, 28
de abril.
Esta mañana á las nueve, llamaba yo á la puerta del señor
Laubepin,esperando vagamente que alguna casualidad hubiese
acelerado su regreso,pero me dijeron que no le esperaban hasta
la mañana siguiente; ocurriómede pronto acudir á la señora
Laubepin y participarle el apuro á que mereducía la ausencia de
su marido. Mientras vacilaba entre el pudor y lanecesidad, la
vieja sirvienta, aterrada, al parecer, por la miradahambrienta que
fijé sobre ella, cortó la cuestión, cerrando bruscamentela puerta.
Entonces, tomé mi partido, resolviéndome á ayunar hasta eldía
siguiente.—Al fin, dije para mí, un día de abstinencia no me ha
decausar la muerte; si en esta circunstancia soy culpable de un
exceso deorgullo, yo solo sufriré sus consecuencias, por
consiguiente esto meatañe exclusivamente. Después me dirigí
hacia la Sorbona, donde asistísucesivamente á varios cursos;
tratando de llenar á fuerza de gocesespirituales, el vacío que
sentía en lo material; mas llegó la hora enque este recurso me
faltó y también empezó á parecerme
insuficiente.Experimentaba, sobre todo, una fuerte irritación
nerviosa, que esperabacalmar paseando.
El día estaba frío y nublado.
Cuando pasaba por el puente de los Santos Padres me detuve
un instantecasi sin querer, púseme de codos sobre el parapeto, y
contemplé lasturbias aguas del río precipitándose bajo los arcos.
No sé qué malditospensamientos asaltaron entonces mi
debilitado y fatigado espíritu: meimaginé de repente con los
 
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