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La Novela de un Joven Pobre

—No, Máximo; he estado demasiado conmovida como ves, y,
además, esmenester decirte que hoy ha entrado una nueva
discípula, que nos haregalado merengues y algunos otros dulces;
de modo que no tengo hambre.Me siento al mismo tiempo muy
embarazada, porque he olvidado volver elpan á la canasta, como
debe hacerse, cuando no se tiene hambre, y tengomiedo de ser
castigada; pero al pasar por el patio voy á tratar dearrojarlo por
el respiradero del sótano, sin que nadie me vea.
—Cómo, hermana mía—respondí, sonrojándome
ligeramente—¿vas á perderese gran pedazo de pan?
—Sé que no es bien hecho, porque hay muchos pobres que
seconsiderarían felices en poseerlo, ¿no es verdad, Máximo?
—Los hay ciertamente, mi querida niña.
—Pero ¿qué quieres que haga? Los pobres no entran aquí.
—Veamos, Elena, confíame ese pan y se lo daré en tu nombre
al primerpobre que encuentre ¿quieres?
—¿Cómo no he de querer, pues?
La hora de retirarse llegó; rompí el pan en dos pedazos que
hicedesaparecer vergonzosamente en los bolsillos de mi paletot.
—Querido Máximo—continuó la niña,—hasta muy luego, ¿no
es verdad? Túme dirás si has encontrado algún pobre, si le has
dado mi pan y si lo hahallado bueno.
—Sí, Elena, he hallado un pobre y le he dado tu pan, que ha
llevadocomo una presa á su bohardilla solitaria, y lo ha hallado
bueno; peroera un pobre sin valor, porque ha llorado mucho al
devorar la limosna detus pequeñas y queridas manos. Te contaré
esto, Elena, porque es buenoque sepas que hay en la tierra
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