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La Novela de un Joven Pobre

una especie de pillería, cuyo melancólicorecuerdo quiero
consignar aquí.
Cuanto menos se ha almorzado, más se desea comer. Es este
un axioma cuyafuerza he sentido hoy en toda su extensión antes
que el sol hubieseterminado su carrera. Entre los paseantes que
la pureza del cielo habíatraído á las Tullerías, hacia el mediodía,
y que contemplaban lasprimeras sonrisas de la primavera
juguetear sobre la faz de mármol delos silvanos, se notaba un
hombre joven, de un porte irreprochable, queparecía estudiar
con extraordinaria solicitud el despertar de laNaturaleza. No
contento en devorar con la mirada la nueva verdura, se leveía de
vez en cuando arrancar furtivamente de sus tallos algunos
nuevosy apetitosos brotes, hojas no desarrolladas aún, y
llevarlas á suslabios, con una curiosidad de botánico.
He podido asegurarme que este recurso alimenticio que me
había sidoindicado por la historia de los náufragos, tiene un
valor muy mediocre.Sin embargo, he enriquecido mi
experiencia con algunas nociones útiles:así sé, para en adelante,
que el follaje del castaño es tan amargo á laboca como al
corazón; el rosal no es malo, el tilo es aceitoso ybastante
agradable y la lila picante y malsana según creo.
Meditando sobre estos descubrimientos me dirigí hacia el
convento deElena. Al poner el pie en el locutorio, que encontré
lleno como unacolmena, me sentí más aturdido que nunca por
las tumultuosasconfidencias de las jóvenes abejas. Elena llegó
con los cabellos endesorden, las mejillas inflamadas, los ojos
colorados y chispeantes;traía en la mano un pedazo de pan del
largo de su brazo. Me abrazó conun aire preocupado:
—Y bien, hijita, ¿qué es lo que tienes? Tú has llorado.
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