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La Novela de un Joven Pobre

—Permítame que le alumbre. Perdón... ¿debo esperar nuevas
órdenes antesde consagrar al pago de los acreedores el precio de
los dijes y joyasque tengo en mi poder?
—No, ciertamente. Espero, además, que de lo que resta, se
cobre ustedla justa remuneración de sus buenos oficios.
Llegábamos á la meseta de la escalera: el señor Laubepin,
cuyo cuerpo seencorva un poco cuando camina, se enderezó
bruscamente.
—En lo que concierne á los acreedores, señor Marqués—me
dijo—loobedeceré con respeto. Por lo que á mí concierne, he
sido el amigo de suseñora madre, y suplico humilde y
encarecidamente á su hijo, que metrate como á un amigo.
Tendí al anciano mi mano, que apretó con fuerza y nos
separamos.
Vuelto al pequeño cuarto, que ocupo bajo el techo de esta
casa, que yano me pertenece, he querido probarme á mí mismo
que la certidumbre de micompleta ruina no me sumergía en un
abatimiento indigno de un hombre. Mehe puesto á escribir la
relación de este día decisivo de mi vida,esmerándome en
conservar la fraseología exacta del viejo notario, y eselenguaje,
mezcla de dureza y de cortesía, de desconfianza ysensibilidad,
que mientras que tenía el alma traspasada de dolor, me hahecho
sonreir más de una vez.
He aquí, pues, la pobreza; no ya la pobreza oculta, orgullosa y
poéticaque mi imaginación soportaba valientemente á través de
los grandesbosques, de los desiertos y de las llanuras, sino la
miseria positiva,la necesidad, la dependencia, la humillación, y
algo peor todavía: laamarga pobreza del rico caído, la pobreza
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