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La Novela de un Joven Pobre

A media noche, cuando todos dormían, di un adiós, un cruel
adiós á miretiro, á aquella vieja torre ¡en que tanto había sufrido,
donde tantohabía amado! y me deslicé en el castillo por una
puerta excusada, cuyallave me había sido confiada. Atravesé
furtivamente, como un criminal,las galerías vacías y sonoras,
guiándome lo mejor que pude en lastinieblas; llegué al fin al
salón, donde la había visto por primera vez.Ella y su madre lo
habían dejado, hacía apenas una hora; su presenciareciente se
manifestaba aún por un perfume dulce y tibio, que meembriagó
súbitamente. Busqué y toqué la cesta en que su mano
habíacolgado pocos instantes antes su bordado, comenzado.
¡Ay, pobre corazón!Caí de rodillas ante el lugar que ocupaba, y
allí, con la frente sobreel mármol, lloraba y sollozaba como un
niño. ¡Dios mío, cómo la amo!
Aproveché las últimas horas de la noche para hacerme
conducirsecretamente á la pequeña ciudad vecina, donde tomé el
carruaje deRennes. Mañana en la noche estaré en París.
¡Pobreza, soledad,desesperación, que allí os dejé, voy á hallaros
de nuevo! ¡Ultimo sueñode mi juventud, sueño del Cielo, adiós!
París.
Al día siguiente por la mañana, cuando iba á montar en el
ferrocarril,entró en el patio del hotel un carruaje de posta, y vi
descender de élal viejo Alain. Cuando me vió, su fisonomía se
iluminó.
—Ah, señor, ¡qué fortuna que no haya partido! Tome esta
carta.
—Reconocí la letra del señor Laubepin. Me decía en dos
líneas que laseñorita de Porhoet estaba gravemente enferma y
que me llamaba. No metomé sino el tiempo necesario para
 
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