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La Novela de un Joven Pobre

reconozco enteramente incapaz dedar á usted doscientos mil
francos de rentas ó de quitárselos á laseñorita Laroque.
—Entonces, señor, déme un consejo. Tengo más confianza en
usted, que enmí mismo, pues conozco que el infortunio expuesto
siempre á la sospecha,ha podido irritarme hasta el exceso las
susceptibilidades de mi honor.Hable. Me inducirá usted á
olvidar el juramento indiscreto pero solemne,sin embargo, que
en este momento es, según creo, lo único que me separade la
dicha, que había soñado para su hijo adoptivo.
El señor Laubepin se levantó; sus espesas pestañas cayeron
sobre susojos, y recorrió la habitación á grandes pasos durante
algunos minutos;luego, deteniéndose ante mí, y tomándome la
mano con fuerza:
—Joven—me dijo—es cierto, le amo como á un hijo; pero aun
cuandodebiera despedazar su corazón y el mío con el suyo,
jamás transigirécon mis principios. Mejor es ultrapasar el honor
que quedarse atrás deél: en materia de juramentos, todos los que
no son exigidos bajo lapunta de un puñal ó ante la boca de una
pistola, es menester no hacerlosó cumplirlos: esa es mi opinión.
—Y también la mía. Mañana partiré con usted.
—No, Máximo, permanezca aquí algún tiempo todavía. Yo no
creo enmilagros, pero creo en Dios, que rara vez permite que
sucumbamos pornuestras virtudes... Demos un plazo á la
Providencia... Sé que le pidoun gran esfuerzo de valor, pero lo
reclamo formalmente de su amistad. Sien un mes no recibe
noticias mías, entonces partirá.
12
de
octubre.
 
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