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La Novela de un Joven Pobre

caer parasiempre sobre mi amor, sobre mis esperanzas, sobre mi
corazóninconsolable! ¿Y lo soportaría cuando podía impedirlo
con una solapalabra? Y estas pobres mujeres, el día en que la
fatal verdad hagasonrojar sus frentes, es muy probable dividirán
conmigo mis pesares y midesesperación. Y exclamarán las
primeras: ¡Ah! si lo sabía usted ¿porqué no había hablado?
Pues bien; ni hoy, ni mañana, ni nunca: si sólo de mí depende,
lavergüenza no sonrojará estas dos nobles frentes. Yo no
compraré mifelicidad á precio de su humillación. Este secreto
que sólo yo poseo,que ese anciano mudo para siempre, no puede
él mismo traicionar, ya noexiste; la llama lo ha devorado.
Lo he pensado bien. Comprendo lo que me he atrevido á
hacer. Era untestamento, una acta sagrada y la he destruido.
Además, no era yo sóloel que ganaba. Estoy encargado de mi
hermana, que hallaría en él unafortuna, y sin consultarla, mi
mano la ha sumergido de nuevo en lapobreza. Sé todo esto; pero
dos almas puras, elevadas y orgullosas, noserán deshonradas, ni
aniquiladas bajo el peso de un crimen de que soninocentes.
Había en esto un principio de equidad que me ha
parecidosuperior á toda justicia literal. Si á mi vez he cometido
un crimen, yoresponderé de él... Pero esta lucha me ha
destrozado y ya no puedo más.
4
de
octubre.
El señor Laubepin llegó, en fin, ayer noche. Vino á apretarme
la mano.Estaba preocupado, brusco y descontento. Hablóme
brevemente delmatrimonio que se preparaba.
—Operación muy afortunada—dijo,—combinación muy
laudable bajo todosrespectos, en que la Naturaleza y la sociedad
 
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