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La Novela de un Joven Pobre

Esperando la hora fijada saqué á mi hermana del convento y la
he paseadopor París. La niña no presume ni remotamente
nuestra ruina. Ha tenido enel curso del día, diversos caprichos,
bastante costosos. Ha hecho largaprovisión de guantes, papel
rosado, confites para sus amigas, esenciasfinas, jabones
extraordinarios, pinceles pequeños, cosas todas muyútiles sin
duda, pero que lo son mucho menos que una comida.
¡QuieraDios, lo ignore siempre!
A las seis estaba en la calle Cassette, casa del señor Laubepin.
No séqué edad puede tener nuestro viejo amigo; pero por muy
lejos que seremonten mis recuerdos en lo pasado, lo hallo tal
como lo he vuelto áver: alto, seco, un poco agobiado, cabellos
blancos, en desorden, ojospenetrantes, escondidos bajo
mechones de cejas negras, y una fisonomíarobusta y fina á la
vez. También he vuelto á ver su frac negro de corteantiguo, la
corbata blanca profesional, y el diamante hereditario en
lapechera; en una palabra, con todos los signos exteriores de un
espíritugrave, metódico y amigo de las tradiciones. El anciano
me esperabadelante de la puerta de su pequeño salón: después
de una profundainclinación, tomó ligeramente mi mano entre
sus dos dedos y me condujofrente á una señora anciana, de
apariencia bastante sencilla, que semantenía de pie delante de la
chimenea:
—¡El señor marqués de Champcey d'Hauterive!—dijo
entonces el señorLaubepin con su voz fuerte, tartajosa y
enfática: luego de pronto, en untono más humilde y volviéndose
hacia mí:—La señora Laubepin—dijo.
Nos sentamos, y hubo un momento de embarazoso silencio.
Esperaba unesclarecimiento inmediato de mi situación
definitiva; viendo que eradiferido, presumí que no sería de una
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