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La Novela de un Joven Pobre

quesuspende necesariamente todos los resortes del alma, y
enerva el valor.Mucho me hubiera sorprendido hace diez años el
que me hubiesenprofetizado, que ese viejo notario, cuyo
lenguaje formalista y secapolítica, nos divertía tanto, á mi padre
y á mí, había de ser un día eloráculo de quien esperara el decreto
supremo de mi destino... Hago loposible para ponerme en
guardia contra esperanzas exageradas; hecalculado
aproximativamente que, pagadas todas nuestras deudas,
nosquedará un capital de ciento veinte á ciento cincuenta mil
francos. Esdifícil que una fortuna que ascendía á cinco millones,
no nos deje almenos este sobrante. Mi intención es tomar para
mí diez mil francos ymarchar á buscar fortuna en los Estados
Unidos, abandonando el resto ámi hermana.
¡Basta de escribir por esta noche! ¡Triste ocupación es traer á
lamemoria tales recuerdos! Siento, sin embargo, que me han
proporcionadoun poco de calma. El trabajo es sin duda una ley
sagrada, pues me bastahacer la más ligera aplicación de él, para
sentir un no sé qué decontento y de serenidad. El hombre no
ama al trabajo y sin embargo nopuede desconocer sus inefables
beneficios; cada día los experimenta, losgoza, y al día siguiente
vuelve á emprenderlo con la misma repugnancia.Me parece que
hay en esto una contradicción singular y misteriosa, comosi
sintiésemos á la vez en el trabajo, el castigo y el carácter divino
ypaternal del juez.
Jueves.
Esta mañana al despertar, se me entregó una carta del viejo
Laubepin. Enella me invitaba á comer, excusándose de esta gran
libertad, y nohaciéndome comunicación alguna relativa á mis
intereses. Esta reserva mepareció de muy mal augurio.
 
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