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La Novela de un Joven Pobre

señor deBevallan! ¡Lindísimo, delicioso, pintoresco! ¡Oh,
Salvator Rosa!
El señor de Bevallan, entretanto, había acabado por pararse
sobre latierra firme. Volviéndose entonces hacia las damas, les
dirigió undiscurso, que el ruido estrepitoso de la cascada no
permitía oirclaramente, pero por los animados gestos, por los
movimientosdescriptivos de sus brazos y el aire torpemente
sonriente de sufisonomía, podíamos comprender que nos hacía
una explicación apologéticade su desastre.
—Sí, señor, sí—respondió la señorita Margarita, riendo
siempre con laimplacable tranquilidad de una mujer;—¡es un
triunfo, un magníficotriunfo! ¡Sea enhorabuena!
Cuando recobró un poco su seriedad, me interrogó sobre los
medios derecobrar la zozobrada barca, que entre paréntesis, es la
mejor denuestra flotilla. Prometíle volver al siguiente día con
algunos obrerosy presidir su salvamento; luego nos
encaminamos alegremente á través delas praderas, en dirección
al castillo, en tanto que el señor deBevallan, no estando en traje
de natación, debía renunciar á reunírsenosy se perdía con aire
melancólico tras de las rocas que bordean laopuesta ribera.
agosto.
de
En fin, aquella alma extraordinaria me ha entregado el secreto
de sustempestades. ¡Desearía que lo hubiera guardado siempre!
En los díassubsiguientes á las escenas que he contado, la
señorita Margarita, comoavergonzada de los movimientos de
juventud y franqueza á que un instantese había abandonado,
dejó caer de nuevo sobre su frente un velo másespeso de triste
arrogancia, de desconfianza y de desdén. En medio delos
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