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La Niña Robada

—Os contaré eso mañana; pero no, ya veo que no tenéis
compasión de miestado, y no me concederéis un minuto de
reposo hasta que lo sepáistodo. Pues bien, he aquí en pocas
palabras lo que me ha pasado. Cuandollegamos a la aldea en que
vive Federico Bergams, el cochero me propusoque
atravesáramos el bosque de Muraster para acortar el camino. Yo
noacepté porque la obscuridad es intensa, y confieso que no me
gusta andarpor los caminos apartados, sobre todo de noche. Pero
como ya era tarde ytenía ganas de encontrarme en mi cama, me
dejé convencer por el cochero,y tomamos por el camino
travieso. Todo marchó bien durante una hora.Pero tuvimos que
pasar por un valle rodeado por todas partes por bosquesespesos.
Yo no me sentía a gusto porque la sombra era tal que no
podíadistinguir ni al cochero ni a los caballos, y ya empezaba a
pensar enaquel crimen cometido en ese sitio hace años, cuando
de pronto oigo unsilbido agudo detrás de mí. Le grito al cochero
que castigue a loscaballos; pero un silbido análogo se hace sentir
por todas partes,delante y detrás de nosotros. Yo estaba más
muerto que vivo y ya me veíarodeado de una banda de asesinos.
El cochero estaba quizá más asustadoque yo, quizá los caballos
tuvieron conciencia del peligro, porque sepusieron a volar como
el viento. Yo ya me felicitaba de que hubiéramosescapado,
cuando tres o cuatro hombres salieron del bosque y nosgritaron
que nos detuviéramos; pero algunos buenos fustazos
despertaronel valor de los caballos. Uno de los bandidos
invisibles hizo un disparode pistola y la bala pasó tan cerca de
mis oídos, que todavía me siguenzumbando. Desde ese
momento los caballos galoparon sin cesar hasta elcastillo. Son
unos animales soberbios y el cochero debe ser muy hábil.No sé
como no nos rompimos el pescuezo en esta carrera salvaje.
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