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La Niña Robada

Por fin, hizo un último esfuerzo, rompió las tenazas, y Marta
sintió conterror inexplicable que tenía sangre en las manos.
Recogió los pedazos del instrumento roto y corrió a su cuarto,
cayendosin conocimiento en una silla.
Volvió en sí largo rato después. Primero se sintió desalentada
y comoaniquilada por la fatiga; una nueva claridad iluminó su
espíritu,comenzó a reflexionar, y a buscar en aquella necesidad
extrema, si noexistía algún último medio de continuar su lucha
contra el destino.
¿Despertaría su hija? ¿La vestiría apresuradamente y
emprendería la fugacon ella a favor de la obscuridad? Pero, ¿a
dónde iría? ¿No laperseguirían y muy luego darían con ella? La
pondrían en la cárcel... Y,¿cuál sería la suerte de su pobre
Elena? ¿Iría a hablar a la condesa, ledeclararía su nombre y
reclamaría su derecho de madre sobre la joven? Nopodía probar
ese derecho, la única prueba estaba en poder de susenemigos y a
la menor sospecha destruirían infaliblemente esetestimonio.
¿Huiría sola del castillo? ¿Correría horas enteras a travésde los
bosques, para invocar el socorro de Federico? ¿Quién le
indicaríael camino? ¿Y qué podría hacer aquel joven más que
ella?
La inutilidad de sus meditaciones le arrancaba penosos
suspiros. Laatroz convicción de que la puerta de la casa de
sanidad iba a cerrarsesobre su hija querida, le oprimía el corazón
y hacía correr por todo sucuerpo un frío glacial.
Después de haber permanecido un rato inmóvil y como inerte,
unainspiración brusca y misteriosa la hizo erguirse vivamente
con un rayode alegría en los ojos.
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