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—Es cierto, Marta—dijo en tono más dulce la cocinera—.
Tenéis queconfiarme a la señorita. La condesa os espera en el
salón.
—Las llaves—murmuró el aya con espanto—. Y con la
señorita, ¿qué vana hacer?
—¡Ah! va a ser severamente castigada por su imprudencia—
suspiróMariana—. Sin embargo, la compadezco.
—¿La van a maltratar?
La cocinera hizo un gesto afirmativo, y viendo que Marta
palidecía ytemblaba, le murmuró al oído:
—No os alarméis, trataré de estar junto a la señorita hasta que
seacabe este asunto.
—Y el intendente, ¿dónde está, Mariana, el intendente?—
exclamó laviuda.
—No está en el castillo; creo que ha ido al bosque a hablar con
losaserradores. Id en seguida a hablar con la condesa; tal vez,
Marta, nose muestre tan terrible como creéis.
—Ten valor, Elena, no llores así—dijo la viuda a la
jovenatemorizada—. Yo soy la única causante de esto; yo sola
soportaré lasconsecuencias de mi fatal imprudencia.
—¡Ah, no, no!—exclamó Elena—. Sois inocente. Se lo diré a
mi madre.Si quiere vengarse de lo que ha pasado, que sea sólo
en mí. Os loruego, Marta, no me hagáis doblemente
desgraciada.
Pero una mirada severa y un ademán imperioso le indicaron
que debíasometerse sin réplica. Calló y bajó la cabeza.

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