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La Niña Robada

—No estoy enfermo—respondió Mathys refunfuñando.
—¿Quizá tendréis un disgusto o habréis sido también objeto
de unainjusticia?
—Sí, he tenido un disgusto y estoy incomodado. Vos,
Catalina, habéiscontribuído a ello más que nadie; pero quiero
creer que vos, lo mismoque yo, habréis sido engañada por una
falsa apariencia.
—¡Que yo soy la causa de vuestra tristeza!—exclamó la
campesina consorpresa—. ¡Imposible, señor intendente!
—¿No me ha hecho en toda ocasión elogios exagerados de la
nueva aya?¿No me habéis pintado a vuestra amiga como una
mujer buena, atenta yamable? ¿No llegasteis hasta hacerme
creer vos misma que estabaagradecida a mi amistad y me tenía
algún afecto?
—¿Y no es así, señor?
—Callaos, Catalina; el aya es orgullosa, mal educada y
colérica. Alprincipio supo disimular sus defectos; pero ahora
apenas si se dignaresponderme. Tiene un humor áspero y
sombrío. Casi estoy por creer,cuando reflexiono respecto de su
conducta arrogante, que me mira como susirviente. Para
protegerla contra la condesa, me expongo de la mañana ala
noche a sufrir altercados y disgustos... ¡Y ser recompensado por
unfrío desdén! No, no, esto no puede continuar. Hace demasiado
tiempo quedejo turbar mi tranquilidad en beneficio de una
ingrata. ¡Es preciso queparta de Orsdael!
Sorprendida y profundamente conmovida por estas palabras,
Catalinainclinó la cabeza y escuchaba temblando. Quizá estaba
absorbida en suspensamientos y trataba de encontrar un medio
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