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La Niña Robada

perfume penetranteque dilataba los pulmones y daba bienestar al
corazón.
Catalina salió de su choza y se adelantó hasta la orilla del
bosque, porun sendero que, dando varios circuitos, conducía a la
calzada de laaldea de Orsdael.
Aunque caminase muy ligero, iba mirando al suelo como una
persona cuyoespíritu está oprimido por el peso de alguna
inquietud. Y hasta decuando en cuando meneaba la cabeza,
volviendo los ojos hacia elcastillo, con expresión de tristeza.
Pensaba, sin duda, en la suerte deMarta Sweerts, en las
sangrientas afrentas que tenía que sufrir todoslos días, en la
inutilidad de los esfuerzos para descubrir elimpenetrable secreto.
Cuando llegó a la carretera, advirtió al intendente que iba unos
cienpasos delante de ella. Esto la alegró porque no había visto a
Martadesde hacía una semana. Esperaba que si podía entrar en
conversación conMathys, sabría noticias de su amiga, y quizá
esta ocasión le permitiríadecirle algunas palabras en su favor.
Apresuró el paso hasta que alcanzó al intendente. Cuando
estuvo a sulado le dijo en tono cortés, casi acariciador:
—Buen día, señor Mathys. ¡Qué cielo tan claro! ¡Qué aire tan
puro!Parece que uno se sintiera rejuvenecido, ¿verdad?
—Sí, hace buen tiempo... Buenos días—murmuró Mathys sin
mirar a lacampesina.
Dicho esto, acortó el paso como si quisiera quedarse más atrás.
—Perdone, señor intendente, que me atreva a hacerle una
pregunta: mirespeto, mi afecto por usted son mi disculpa.
Parecéis estar enfermo,pero confío que no será nada.
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