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La Niña Robada

—¿Qué temor absurdo me agita? Era un sueño, un sueño
espantoso,insensato. Marta me estima, sus intereses son los
mismos que los míos.¿Por qué me engañaría? No, no, pues haría
pedazos su felicidad sin razónni provecho para ella. En todo
caso, he cometido una imprudencia.¡Entregarme así indefenso a
una mujer! ¿Estaría embriagado o habríaperdido el juicio?... La
condesa tiene la culpa de todo. El odio que metiene debe ser
muy grande para que la haya impulsado a cometer un actotan
perverso y estúpido. Revelarle a una persona extraña el secreto
delque dependía su propia fortuna, su honor, su vida. Es
incomprensible, ysi la duda fuera posible, diría que Marta me ha
mentido descaradamente.Pero nadie en la tierra sabe de este
desgraciado asunto más que lacondesa y yo. Es ella, pues, la que
nos ha traicionado. ¿Cómo mevengaré? Quiero verla arrastrarse
otra vez a mis pies antes de lapartida de la loca... Pero, ante
todo, iré a pedirle a Marta que medevuelva la prueba; sin esa
arma soy impotente. ¡Oh, vamos a verlo! Lacondesa me dará
cuenta de su infame complot.
Al decir estas palabras, se dirigió al cuarto de la viuda y
golpeó a lapuerta. Esperó un rato, volvió a golpear y dijo:
—Marta... Marta... soy yo. Esperaré que estéis vestida; pero os
loruego, respondedme.
El silencio más completo siguió reinando en su derredor. Una
raraansiedad lo dominó...
Llamó al aya en alta voz y golpeó con el puño contra la puerta;
pero fuéen vano, el cuarto permaneció silencioso como una
tumba.
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