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La Niña Robada

Marta pronunciaba de tiempo en tiempo palabras para
interrumpir elsilencio y mostrarse reconocida para con su guía;
pero éste, creyendoque cumplía, en circunstancias importantes,
una orden de la condesa, norespondía sino con un sí o un no y
cortaba en seguida la conversación.
Entretanto el cielo se iba aclarando poco a poco, y cuando por
fin sevió el campanario de la iglesia que les indicaba como un
faro el términode su viaje, el sol, surgiendo del horizonte,
circundaba toda lanaturaleza con su luz esplendorosa.
Se habían cruzado en el camino con algunos campesinos que,
con la azadaal hombro, se dirigían al trabajo de los campos.
Cuanto más se acercabana la aldea, más gente encontraban; pero
como Marta se consideraba yalibre del alcance de sus enemigos,
no reparó en las miradas de sorpresade los campesinos y siguió
su camino hasta que el guardabosque se detuvodelante de una
gran casa y le dijo sonriendo:
—Señora, ésta es la casa del señor Bergams; ¿puedo volverme
a Orsdael?
—Sí, volveos a vuestra casa, amigo mío—respondió la viuda.
Pero, cambiando de opinión, dijo en seguida:
—No, no, permaneced aquí; no podéis volveros a Orsdael.
—Pues entonces, señora, con vuestro permiso, cerca de aquí
hay unmesón. Si me llegáis a necesitar, hacedme llamar allí.
Una vieja sirvienta abrió la puerta, y preguntó mirando al aya
con ojosescrutadores:
—¡Ah! es para un testamento. ¿No es eso? Entrad, el notario
todavíaduerme; voy a despertarlo.
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