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La Navidad en las Montañas

LA NAVIDAD EN LAS MONTAÑAS
I
El sol se ocultaba ya; las nieblas ascendían del profundo seno de losvalles; deteníanse[1] un momento entre
los obscuros bosques y lasnegras gargantas de la cordillera, como un rebaño gigantesco; despuésavanzaban
con rapidez hacia las cumbres; se desprendían majestuosas delas agudas copas de los abetos e iban por
último a envolver la soberbiafrente de las rocas, titánicos guardianes de la montaña que habíandesafiado
allí, durante millares de siglos, las tempestades del cielo ylas agitaciones de la tierra.
Los últimos rayos del sol poniente franjaban de oro y de púrpura estosenormes turbantes formados por la
niebla, parecían incendiar las nubesagrupadas en el horizonte, rielaban débiles en las aguas tranquilas
delremoto lago, temblaban al retirarse de las llanuras invadidas ya por lasombra, y desaparecían después de
iluminar con su última caricia laobscura cresta de aquella oleada de pórfido.
Los postreros rumores del día anunciaban por dondequiera la proximidaddel silencio. A lo lejos, en los
valles, en las faldas de las colinas, alas orillas de los arroyos, veíanse reposando quietas y silenciosas
lasvacadas; los ciervos cruzaban como sombras entre los árboles, en buscade sus ocultas guaridas; las aves
habían entonado ya sus himnos de latarde, y descansaban en sus lechos de ramas; en las rozas se encendía
laalegre hoguera de pino, y el viento glacial del invierno comenzaba aagitarse entre las hojas.
[Footnote 1: The object pronoun may follow an indicative verb that isthe first word in a clause.]
II
La noche se acercaba tranquila y hermosa: era el 24 de diciembre, esdecir, que pronto la noche de Navidad
cubriría nuestro hemisferio con susombra sagrada y animaría a los pueblos cristianos con sus
alegríasíntimas. ¿Quién que ha nacido cristiano y que ha oído renovar cada año,en su infancia, la poética
leyenda del nacimiento de Jesús, no siente ensemejante noche avivarse los más tiernos recuerdos de los
primeros díasde la vida?
Yo ¡ay de mí! al pensar que me hallaba, en este día solemne, en mediodel silencio de aquellos bosques
majestuosos, aun en presencia delmagnífico espectáculo que se presentaba a mi vista absorbiendo
missentidos, embargados poco ha por la admiración que causa la sublimidadde la naturaleza, no pude
menos que interrumpir mi dolorosa meditación,y encerrándome en un religioso recogimiento, evoqué todas
las dulces ytiernas memorias de mis años juveniles. Ellas se despertaron alegrescomo un enjambre de
bulliciosas abejas y me transportaron a otrostiempos, a otros lugares; ora al seno de mi familia humilde y
piadosa,ora al centro de populosas ciudades, donde el amor, la amistad y elplacer en delicioso concierto,
habían hecho siempre grata para micorazón esa noche bendita.
Recordaba mi pueblo, mi pueblo querido, cuyos alegres habitantescelebraban a porfía con bailes,
cantos y modestos banquetes laNochebuena. Parecíame ver aquellas pobres casas adornadas con
susNacimientos y animadas por la alegría de la familia: recordaba lapequeña iglesia iluminada,
dejando ver desde el pórtico el preciosoBelén,[1] curiosamente levantado en el altar mayor: parecíame
oir losarmoniosos repiques que resonaban en el campanario, medio derruido,convocando a los fieles a
la misa de gallo, y aun escuchaba con elcorazón palpitante la dulce voz de mi pobre y virtuoso
padre,excitándonos a mis hermanos y a mí a arreglarnos pronto para dirigirnosa la iglesia, a fin de
llegar a tiempo; y aun sentía la mano de mi buenay santa madre tomar la mía para conducirme al
oficio. Después me parecíallegar, penetrar por entre el gentío que se precipitaba en la humildenave,
avanzar hasta el pie del presbiterio, y allí arrodillarmeadmirando la hermosura de las imágenes, el
portal resplandeciente con laescarcha, el semblante risueño de los
pastores
, el lujo deslumbradorde los
Reyes magos
, y la iluminación espléndida del altar. Aspirabacon delicia el fresco y sabroso aroma de las ramas de
pino, y del henoque se enredaba en ellas, que cubría el barandal del presbiterio y queocultaba el pie de
los blandones. Veía después aparecer al sacerdoterevestido con su alba bordada, con su casulla de
brocado, y seguido delos acólitos, vestidos de rojo con sobrepellices blanquísimas. Y luego,a la voz del
celebrante, que se elevaba sonora entre los devotosmurmullos del concurso, cuando comenzaban a
ascender las primerascolumnas de incienso, de aquel incienso recogido en los hermosos árbolesde mis
bosques nativos, y que me traía con su perfume algo como elperfume de la infancia, resonaban todavía
en mis oídos los alegrísimossones populares con que los tañedores de arpas, de bandolinas y deflautas,
saludaban el nacimiento del Salvador. El
Gloria inexcelsis
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