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La Nariz de un Notario

ningún otro teatro? ¿Queréis que comparezcaante el mundo con
esta cara grotesca y lamentable, que excitará en unosla risa y en
otros la compasión?
—¡Bah!—respondiole el marqués,—la gente se acostumbra a
todo. Y, enúltimo caso, si el mundo nos causa espanto,
permanecemos en casa.
—¡Permanecer siempre en casa! ¡bonito porvenir! ¿Imagináis,
porventura, que han de venir las mujeres a buscarme a
domicilio, en elestado en que me encuentro?
—¡Os casaréis! He conocido a un teniente de coraceros que
habíaperdido un brazo, una pierna y un ojo. Cierto que no era el
terror delos maridos, ni el ídolo de las mujeres; pero se casó con
una buenamuchacha, ni fea ni bonita, que lo quiso con toda su
alma, y lo hizodichoso por completo.
No debió de parecerle al notario demasiado consoladora
semejanteperspectiva, porque exclamó con acento desesperado:
—¡Oh, las mujeres! ¡las mujeres! ¡las mujeres!
—¡Demontre!—exclamó el marqués,—¡qué importancia
concedéis a lasmujeres! ¡Ni que ellas lo fuesen todo! Hay en el
mundo otras cosasagradables. ¡Se dedica uno a mirar por su
salud, qué diablo! Aencarrilar su alma, a cultivar su espíritu, a
hacer bien a su prójimo, allenar los deberes de su estado. ¡No es
preciso poseer una narizprominente para ser buen cristiano,
buen padre de familia y buennotario!
—¡Notario!—replicó él con amargura poco disimulada,—
¡notario! Enefecto, eso aun lo soy. Ayer era un hombre de
mundo, un verdaderogentleman, y, hasta puedo decirlo
prescindiendo de falsas modestias,un caballero cuyo trato se
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