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La Nariz de un Notario

¡Victoria! ¡el gato ya está preso! Hase arrojado a un pozo.
¡Cubos!¡cuerdas! ¡escalas! Todos abrigan la esperanza, la casi
seguridad derecuperar las narices del señorito L'Ambert intactas
o poco menos. Mas¡ay! que este pozo no es un pozo como todos
los demás. Es la boca de unacantera abandonada cuyas galerías
forman una vasta red de más de diezleguas, y se extienden en
todas direcciones, hallándose en comunicacióncon las
catacumbas de París.
Se pagan sus honorarios a M. Triquet; se abonan a los
campesinos lasindemnizaciones que exigen, y se emprende el
regreso a Parthenay, bajouna lluvia torrencial.
Antes de subir al carruaje, Ayvaz-Bey, mojado como un pato,
y yarecuperada la calma por completo, vino a ofrecer su mano a
M. L'Ambert.
—Caballero—le dijo,—lamento sinceramente que mi
obstinación hayallevado las cosas hasta este extremo. La
Tompain no vale una gotasiquiera de la sangre vertida por su
culpa, y hoy mismo rompo con ella,pues no podría verla sin
pensar en la desgracia que ha causado. Soistestigo de que he
hecho cuanto me ha sido posible, como asimismo estosseñores,
por devolveros lo perdido. Ahora, permitidme esperar que
esteaccidente no sea del todo irreparable. El médico de esta
aldea nos harecordado que existen en París cirujanos más
hábiles que él; creo haberoído decir que la cirugía moderna
poseía secretos infalibles pararestaurar las partes del cuerpo
humano mutiladas o perdidas. M. L'Ambertaceptó, con el humor
que pueda suponerse cualquiera, la mano que letendía su rival, y
se hizo conducir al faubourg Saint-Germain encompañía de sus
dos amigos.
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