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La Nariz de un Notario

de tabaco turco, del grueso de un dedo.Alrededor de ellos, más
de veinte pisaverdes, unos paseando nerviosos,otros, con más
calma, a pie firme, esperaban igualmente cada uno por sulado. Y
los cantantes atravesaban tarareando, y las sílfides,arrastrando
un poco el pie, pasaban cojeando, y, de minuto en minuto,una
sombra femenina, negra, parda o marrón, deslizábase entre
losescasos mecheros de gas, desconocida para todos, excepto
para los ojosdel amor.
Las parejas se reconocen, se abordan y se marchan sin
despedirse de losotros. Pero, ¿qué ocurre? he aquí un ruido
extraño y un tumultoinusitado. Dos sombras han pasado veloces,
dos hombres han corrido, dosfuegos de cigarro se han
aproximado uno a otro; se han oído dos vocesexaltadas y el
estruendo de una rápida querella. Los paseantes se
hanamontonado en un punto; mas no han encontrado a nadie.
Maese AlfredoL'Ambert se dirige, completamente solo, hacia su
carruaje, que leaguarda en el bulevar; y a la luz de un farol lee,
encogiéndose dehombros, esta tarjeta de visita, salpicada de
sangre:
AYVAZ-BEY
SECRETARIO DE LA EMBAJADA OTOMANA
Calle de Granelle Saint-Germain, 100.
Escuchad lo que iba diciendo entre dientes el atildado notario
de lacalle de Verneuil:
—¡Maldita aventura! ¡Que me lleve el diablo si sospechaba
siquiera quele hubiese dado derechos a este animal de turco!...
porque, ¡vaya si loes!... Pero, ¿por qué no me habré puesto las
gafas?... Parece que le hepegado un puñetazo en la nariz... Sí,
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