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La Montaña

unpromontorio que dominaba á lo lejos rocas, selvas y pastos. En su cimaaparecía ahumada cabaña, y á su
alrededor pacían las ovejas en laspendientes. Semejante á una cinta extendida por el aterciopelado césped,el
amarillento sendero subía hacia la cabaña y parecía detenerse allí.Más lejos no se vislumbraban más que
grandes barrancos pedregosos,desmoronamientos, cascadas, nieves y ventisqueros. Aquella era la
últimahabitación del hombre; la choza que, durante muchos meses, me había deservir de asilo.
Un perro primero, y después un pastor me acogieron amistosamente.
Libre en adelante, dejé que mi vida se renovara á gusto de lanaturaleza. Ya andaba errante entre un caos de
piedras derrumbadas deuna cuesta peñascosa, ya recorría al azar un bosque de abetos; otrasveces subía á las
crestas superiores para sentarme en una cima quedominaba el espacio; y también me hundía con frecuencia
en un profundo yobscuro barranco, donde me podía creer sumergido en los abismos de latierra. Poco á
poco, bajo la influencia del tiempo y la naturaleza, losfantasmas lúgubres que se agitaban en mi memoria
fueron soltando supresa. Ya no me paseaba con el único fin de huir de mis recuerdos, sinotambién para
dejar que penetraran en mi las impresiones del medio y paragozar de ellas, como sin darme cuenta de tal
cosa.
Si había sentido un movimiento de alegría á mis primeros pasos en lamontaña, fué por haber entrado en la
soledad y porque rocas, bosques,todo un nuevo mundo se elevaba entre lo pasado y yo, pero comprendí
undía que una nueva pasión se había deslizado en mi alma. Amaba á lamontaña por si misma, gustaba de su
cabeza tranquila y soberbia,iluminada por el sol cuando ya estábamos entre sombras; gustaba de susfuertes
hombros cargados de hielos de azulados reflejos; de sus laderas,en que los pastos alternan con las selvas y
los derrumbaderos; de suspoderosas raíces, extendidas á lo lejos como la de un inmenso árbol, yseparadas
por valles con sus riachuelos, sus cascadas, sus lagos y suspraderas; gustaba de toda la montaña, hasta del
musga amarillo ó verdeque crece en la roca, hasta de la piedra que brilla en medio del césped.
Asimismo, mi compañero el pastor, que casi me había desagradado, comorepresentante de aquella
humanidad, de la cual huía yo, había llegadogradualmente á serme necesario; inspirábame ya confianza y
amistad; nome limitaba á darle las gracias por el alimento que me traía y por suscuidados; estudiaba y
procuraba aprender cuanto pudiera enseñarme. Bienleve era la carga de su instrucción, pero cuando se
apoderó de mi elamor á la naturaleza, él me hizo conocer la montaña donde pacían susrebaños, y en cuya
base había nacido. Me dijo el nombre de las plantas,me enseñó las rocas donde se encontraban cristales y
piedras raras, meacompañó á las cornisas vertiginosas de los abismos para indicarme elmejor camino en los
pasos difíciles. Desde lo alto de las cimas memostraba los valles, me trazaba el curso de los torrentes, y
después, deregreso en nuestra cabaña ahumada, me contaba la historia del país y lasleyendas locales.
En cambio, yo le explicaba también cosas que no comprendía y que nisiquiera había deseado comprender
nunca; pero su inteligencia se abríapoco á poco, y se hacía ávida. Me daba gusto repetirle lo poco quesabía
yo, viendo brillar sus miradas y sonreir su boca. Despertábase lafisonomía en aquel rostro antes cerrado y
tosco; hasta entonces habíasido un ser indiferente, y se convirtió en hombre que reflexionabaacerca de sí
mismo y de los objetos que le rodeaban.
Y al propio tiempo que instruía á mi compañero, me instruía yo, porque,procurando explicar al pastor los
fenómenos de la naturaleza, loscomprendía yo mejor, y era mi propio alumno.
Solicitado así por el doble interés que me inspiraban el amor á lanaturaleza y la simpatía por mi semejante,
intenté conocer la vidapresente y la historia pasada de la montaña en que vivíamos, comoparásitos en la
epidermis de un elefante. Estudié la masa enorme en lasrocas con que está construida, en las fragosidades
del terreno que,según los puntos de vista, las horas y las estaciones, le dan tan granvariedad de aspecto, ora
graciosos, ora terribles; la estudié en susnieves, en sus hielos y en los meteoros que la combaten, en las
plantasy en los animales que habitan en su superficie. Procuré comprendertambién lo que había sido la
montaña en la poesía y en la historia delas naciones, el papel que había representado en los movimientos de
lospueblos y en los progresos de la humanidad entera. Lo que aprendí lodebo á la colaboración del pastor, y
también, para decirlo todo, á ladel insecto que se arrastra, á la de la mariposa y á la del pájarocantor.
Si no hubiera pasado largas horas echado en la yerba, mirando óescuchando á tales seres, hermanillos míos,
quizá no habría comprendidotan bien cuánta es la vida de esta gran tierra que lleva en su seno átodos los
infinitamente pequeños y los transporta con nosotros por elespacio insondable.
CAPÍTULO II
#Las cumbres y los valles#
Vista desde la llanura, la montaña es de forma muy sencilla; es un conodentado que se alza entre otros
relieves de altura desigual, sobre unmuro azul, á rayas blancas y sonrosadas y limita una parte delhorizonte.
Parecíame ver desde lejos una sierra monstruosa, con dientescaprichosamente recortados; uno de esos
dientes es la montaña á donde heido á parar.
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