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La Montaña

La Montaña
LA MONTAÑA
ELÍSEO RECLUS
Traducción de A. López Rodrigo
LA MONTAÑA
CAPÍTULO PRIMERO
#El asilo#
Encontrábame triste, abatido, cansado de la vida: el destino me habíatratado con dureza, arrebatándome
seres queridos, frustrando misproyectos, aniquilando mis esperanzas: hombres á quienes llamaba yoamigos,
se habían vuelto contra mi, al verme luchar con la desgracia:toda la humanidad, con el combate de sus
intereses y sus pasionesdesencadenadas, me causaba horror. Quería escaparme á toda costa, yapara morir,
ya para recobrar mis fuerzas y la tranquilidad de miespíritu en la soledad.
Sin saber fijamente á dónde dirigía mis pasos, salí de la ruidosa ciudady caminé hacia las altas montañas,
cuyo dentado perfil vislumbraba enlos límites del horizonte.
Andaba de frente, siguiendo los atajos y deteniéndome al anochecer enapartadas hospederías.
Estremecíame el sonido de una voz humana ó deunos pasos: pero, cuando seguía solitario mi camino, oía
con placermelancólico el canto de los pájaros, el murmullo de los ríos y los milrumores que surgen de los
grandes bosques.
Al fin, recorriendo siempre al azar caminos y senderos, llegué á laentrada del primer desfiladero de la
montaña. El ancho llano rayado porlos surcos se detenía bruscamente al pie de las rocas y de laspendientes
sombreadas por castaños. Las elevadas cumbres azulescolumbradas en lontananza habían desaparecido tras
las cimas menosaltas, pero más próximas. El río, que más abajo se extendía en vastasábana rizándose sobre
las guijas, corría á un lado, rápido é inclinadoentre rocas lisas y revestidas de musgo negruzco. Sobre cada
orilla, unribazo, primer contrafuerte del monte, erguía sus escarpaduras ysostenía sobre su cabeza las ruinas
de una gran torre, que fué en otrostiempos guarda del valle. Sentíame encerrado entre ambos muros;
habíadejado la región de las grandes ciudades, del humo y del ruido; quedabandetrás de mi enemigos y
amigos falsos.
Por vez primera después de mucho tiempo, experimenté un movimiento deverdadera alegría. Mi paso se
hizo más rápido, mi mirada adquirió mayorseguridad. Me detuve para respirar con mayor voluptuosidad el
aire puroque bajaba de la montaña.
En aquel país ya no había carreteras cubiertas de guijarros, de polvo óde lodo; ya había dejado la llanura
baja, ya estaba en la montaña, queera libre aún. Una vereda trazada por los pasos de cabras y pastores,
sesepara del sendero más ancho que sigue el fondo del valle, y subeoblicuamente por el costado de las
alturas. Tal es el camino queemprendo para estar bien seguro de encontrarme solo al fin. Elevándome ácada
paso, veo disminuir el tamaño de los hombres que pasan por elsendero del fondo. Aldeas y pueblos están
medio ocultos por su propiohumo, niebla de un gris azulado que se arrastra lentamente por lasalturas, y se
desgarra por el camino en los linderos del bosque.
Hacia el anochecer, después de haber dado la vuelta á escarpadospeñascos, dejando tras de mí numerosos
barrancos, salvando, á saltos depiedra en piedra, bastantes ruidosos arroyuelos, llegué á la base de
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