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La Montálvez

que se ha vendido; y«el mundo elegante», sin salones, sin
tertulias y sin Real,dispersábase errabundo y como
desorientado, a tomar el sol, como lossimples mortales, por
las encrucijadas del Retiro y los ampliosarrecifes del Prado
y de la Fuente Castellana; paréntesis de hastío enla alegre
vida de las gentonas pudientes, que sólo había de durar
eltiempo preciso para que el calorcillo primaveral templara
el ambienteserrano y se bebiera las charcas del camino por
donde habían de irdesfilando aquéllas en busca de sus
costosas, pero entonadas,residencias de verano.
La familia que más lo necesitaba, al decir de ella misma;
la que saldríala primera de todas de Madrid, era la de
nuestro amigo el marqués deMontálvez. Lo de la marquesa
se iba agravando por momentos, hasta elpunto de poner en
mucha alarma a su marido y a su hija. Había
seriasdiscrepancias entre los doctores más sonados de
Madrid sobre si aquellosdolores lentos, profundos y
angustiosos, eran simplemente neurálgicos oreumáticos, o
acusaban la presencia de un cáncer inextirpable, por locual
era de suma urgencia que la enferma saliera a tomar estas
aguas,aquellos aires y los gases de más allá; y como lo uno
estaba en elPirineo francés, y lo otro en Suiza, y en
Alemania y en los confines delmundo lo restante, y,
además, era de rigor una detenida consulta con
lascelebridades médicas de París, la expedición resultaba
larga, doblementepor las precauciones y comodidades que
exigía el estado lamentable de lamarquesa, cuyo médico de
cabecera, un hombrecillo ya viejo y de granexperiencia,
que la quería mucho, porque casi la había visto nacer,
laaconsejaba que tuviera juicio, pues ya estaba en edad de
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