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La Montálvez

limpio, más planchado, más opulento,ni más adaptable por
su tipo al grave ceremonial del «alto CuerpoColegislador»?
En fin, por callarse cosas importantes los cronistas de la
solemnidad,ni siquiera mencionaron al general Ponce de
Lerma, hombre grosero, que,en menos de dos horas, riñó
tres veces con el ministro de la Guerra, ydio de puntapiés a
un lacayo en un vestíbulo, porque al pasar, cargadode
despojos de la mesa, le manchó el frac con una salsa
amarilla,mientras su mujer (la del general) departía, en
animado e interesantediálogo, con el subsecretario de
Gobernación, gran mozo, candidato aministro para la
primera crisis, soltero y de gran prestigio entre lasdamas
elegantes. Era como la sombra de Leticia, desde que Pepe
Guzmán sehabía decidido a ser la de Verónica...
Cierto que todas estas cosas mejor eran para calladas que
paradichas..., casi tanto como las otras que se dijeron y se
cantaron enprosa y en verso; pero los oficios, o ejercerlos a
conciencia, o noejercerlos... En virtud de lo cual hago yo
aquí punto redondo, antes queal impaciente lector le
parezca larga esta digresión, que nada quita nipone al
interés de la presente historia.
XI
A todo esto, el invierno se había acabado; los salones se
cerraban; lastertulias se deshacían; en el Real había
terminado su temporada lacompañía de celebridades
italianas, cuyos gorgoritos había pagado lagente rica con
sumas increíbles, y las que querían aparentar que tambiénlo
eran, con el fondo del baúl, las rebañaduras de la despensa
y conalgo más sagrado que no se recobra jamás una vez
 
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