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La Montálvez

primer taponazo del Champagne; nada desus moribundas
miradas a la «picante beldad, ilusión consoladora delos
espléndidos marqueses de Montálvez»; nada de ciertas
finezasmetafóricas que el deslumbrante banquero logró
deslizar al oído de laelegante dama, como tímido recuerdo
de sus anteriores memoriales.
Nada pescaron tampoco aquellos linces de pluma, del
ingenioso y brevediálogo sostenido entre Pepe Guzmán y
su predilecta amiga, formando lamás gallarda y distinguida
pareja que podía imaginarse; en el cualdiálogo se
parafraseó, con toda la discreción y gracia posibles, y
nosacado a plaza por la interlocutora, sino por el sagaz
interlocutor, eltema aquel que Sagrario confió al oído de su
amiga; y se insinuaron,quizá en virtud del calor y motivo
de la fiesta, las primeras estocadasdel consabido duelo
pendiente entre estos dos expertos espadachines dela
intriga galante.
Tampoco tuvo en la prensa todo el éxito que mereció la
casi augustasolemnidad con que el buen marqués de
Montálvez desempeñó su papel en lafiesta, particularmente
durante el breve rato que conversó aparte conel presidente
del Consejo de Ministros, y cuando, después de
estrecharlereverentemente la mano le dijo algunas palabras
al oído el Capitángeneral de Madrid, vestido de gran
uniforme. ¡Oh, qué actitudes y quémímica las suyas en
aquellas dos singularísimas ocasiones! ¡Qué bofetónmás
sonoro para «los hombres de Gobierno» que todavía le
regateaban lacredencial de senador! ¿Dónde hallarían ellos
para ese cargo otro viejomás distinguido, más serio, más
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